La pena de no escribir

Bernal Heights, San Francisco, Septiembre 5, 2020

¿Estás escribiendo?
Me preguntó mi amigo.
No. Le contesté.
Yo tampoco.

Y la conversación murió ahí mismo.

Habíamos estado intercambiando mensajes de texto por un rato. Poniéndonos al día. Las niñas, los trabajos, la vida post-COVID19. Desde antes del inicio de la pandemia no hablábamos y me dio alegría cuando apareció de la nada para saber cómo estaba. 

Mi amigo y yo somos buenos amigos desde que su hija menor que acaba de empezar la universidad iba a primaria y la mía apenas empezaba el daycare. Compartimos un sentido del humor cuestionable, el amor entrañable por las historias triviales y la tremenda falta de disciplina que es parcialmente responsable de que no seamos mejores escritores. (Aunque él es mil veces más logrado que yo). Por buen tiempo nos hemos incitado a escribir el uno al otro, y ese impulso me ha llevado muchas veces a sentarme frente a la computadora y escribir más.

No he dejado de escribir porque mi amigo y yo hablamos menos. He dejado de escribir porque creo que me he quedado sin voz o se me han atascado las palabras en algún lugar que no encuentro en Google Maps. No sé por qué ha dejado de escribir él. No le he preguntado. Porque lo interesante en este caso es que cuando los dos admitimos que no estamos escribiendo, ahí mismo se acaba la conversación. Busqué por curiosidad los últimos textos que intercambiamos, a principio de año, y habían terminado exactamente igual:

Él: ¿Estás escribiendo? 
Yo: Ni mi nombre. 
Él: Yo tampoco. Bueno, mi nombre y poco más. 

Me hizo gracia al principio pero después me quedé pensando. Sinceros, como casi siempre hemos sido, no podíamos hacer otra cosa que admitir la falta. Y es como si la falta nos silenciara, nos volviera tímidos, nos avergonzara más bien. 

¿Es eso lo que le pasa a los escritores que no escriben? ¿O será acaso que lo peor de no escribir es que uno le pierde el gusto a la palabra al mismo tiempo que idealiza la profesión que no profesa? En mi caso, mientras menos escribo más añora el escribir y tiendo a poner el papel, el lápiz y el documento word en un pedestal cada vez más alto, que cada día me hace sentir más inferior. Pero esa soy yo. A mi amigo no le he preguntado qué le pasa. No sé por qué. ¿Porque al no escribir perdimos suelo común? No creo. Somos personas antes de ser escritores aspirantes. Hoy se me ocurre que no le he preguntado porque la vergüenza aísla, y no hacer lo que sabemos nos hace bien es una cruz que se debe cargar a solas. En definitiva, quizás hasta le estoy haciendo un favor al mundo, para no escribir bien, mejor no escribo.

A esta reflexión llegué con brusquedad, como al que ponen contra la pared y cuando no puede soportar más la presión se quiebra y termina diciendo lo que no quiere. La sorpresa de la revelación me cogió desprevenida y me detuve, porque muy a mi pesar había pisado terreno conocido. No es la primera vez que me pasa. Cuando le cojo miedo a la palabra, cuando dejo que me intimide, cuando me tomo tan en serio el acto de escribir o lo que un posible lector pueda pensar que se me olvida lo divertido que es escribir cualquier cosa, cuando me amedrenta empezar una oración porque ¿qué pasa si no es la oración célebre que marcará el inicio del bestseller que definirá mi historia?, cuando pasan las semanas, los meses y los años y dejo que se me escapen entre los dedos montones de historias pequeñas, intrascendentes, triviales pero increíblemente humanistas solo porque no son suficientemente historia, es cuando florece la vergüenza. Y con razón. Le he dado la espalda a las historias que más me gusta leer, las que más me gusta escribir. La pena de no escribir me apena. 

También ahora hablo de mí misma. A mi amigo no le he preguntado por qué no escribe. No le he preguntado… aun. Ahora mismo voy a hacerlo. A ver el muy cuentacuentos qué me cuenta…

5 comentarios

  1. ¡Chica! Pues tú eres muy buena escritora, así que ¡adelante! A agarrar esas palabras por las orejas o por donde se pueda antes de que se escabullan. Y a seguir escribiendo, que lo haces muy bien.
    Abrazos desde Nuevo México,

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  2. Pues sin poder escribir, acabaste escribiendo esta linda entrada… Me ha gustado, y me ha atrapado, me identifique en muchas partes… Yo escribo también, pero de una forma muy malograda a veces… Y simplemente en ocasiones la inspiración se va y no hay nada… Y que fiasco todo jaja. En fin, abrazos desde Chihuahua, México!

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    • Holaaaa! Que alegria “conocerte”! No sabia que nadie me leia en Mexico. Solo mis amigos me leen por lo general y porque no les queda mas remedio jajajaja. Disculpa que no te haya agradecido antes. Como te digo, es la falta de costumbre! Cuando alguien me deja un comentario por primera vez, no se vuelve visible a menos que lo apruebe. Y no me esperaba la linda sorpresa que descubri ayer cuando entre a los comentarios pendientes. Una amiga muy querida me habia escrito y me habias escrito tu. Feliz de que hayas disfrutado la lectura. Pero mas feliz aun saber que te has identificado y has hecho de esta cronica algo tuyo. Un honor. Y mas pero mas feliz aun estoy de “conocerte.” Pasate por aqui a cada rato y veras lo que es alguien “tratar” y lograrlo “de vez en cuando” 🙂
      Abrazos desde mis trillos y con mis trazos.

      Le gusta a 1 persona

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