Y salió el sol

Desde hace unos meses hago el tiempo para tomar una clase de yoga en el anfiteatro de la torre de Salesforce. La clase dura una hora y es parte de un proyecto comunitario entre Salesforce y la cadena de gimnasios SF Fitness, que ofrecen clases gratis un par de veces a la semana, no solo de yoga, sino también de HIIT, Zumba, Bootcamp. A las otras suelo ir de vez en cuando, pero la de yoga intento priorizarla.

Para los que no lo conocen, la torre de Salesforce es un edificio de 61 pisos que sobresalen del plano medio de la ciudad y que se erige posiblemente en la parte más bulliciosa de la ciudad, pleno downtown, rodeado de calles reverberantes, marcando la entrada de varias autopistas rápidas que de aquí cruzan la ciudad. Alberga en su mayoría oficinas; en el segundo piso una terminal de ómnibus de cercanías; en el tercero el gimnasio SF Fitness, y en el cuarto, contra todos los pronósticos, un jardín botánico en forma de círculo, abrigando en la extensión de su área pequeñas plazas, un parque infantil con estructuras de trepar y espacios verdes abiertos para sentarse a trabajar, escribir, leer, comer, tomar algo y pasar el rato. Espacios que invitan a la relajación. A respirar. A pausar el día en cualquier forma que esto sea posible.

Las clases de yoga son eso para mí, una pausa en medio del día, en medio de la semana.

Esta semana la clase empezó con el cielo encapotado de esa manera sanfranciscana de confundir el verano con otoño cerrado. Comenzamos sentados con los pies cruzados, los ojos cerrados, inhalando por la nariz, exhalando por la boca y entonces el instructor de yoga dijo aquella frase premonitoria de que para el final de la clase habría salido el sol.

A la mente saltarina le costó concentrarse en el Urdhva Hastasana, encontrar el centro en el warrior uno, la delicadeza en el dos y el equilibrio en el tres. Mi tree pose no era un árbol, sino apenas un arbusto, ladeado al final de la ventolera.

Y en el esfuerzo por recuperar la postura, por acompasar la respiración, por aligerar los movimientos, aun con los ojos cerrados, no me percaté del creciente calor en la piel, del resplandor dentro de las pupilas. Había salido el sol.

Hacia el final de la clase, con las piernas cruzadas de nuevo y las manos juntas a la altura del pecho, mientras el instructor nos guiaba en una reflexión que invitaba a regresar a la intención del día, al valor de la práctica, al agradecimiento por estar allí, a priorizar la conexión cuerpo y espíritu y priorizarnos, ya éramos conscientes del sol. Algunos habían deslizado sus mantas hacia las pequeñas sombras que manchaban el espacio verde, pero otros no habíamos corrido con tanta suerte y sin sombra nos derretíamos bajo los rayos, ahora inclementes, de un sol manifestado. El sudor fue una especie de catarsis y aun después de terminada la clase me quedé sentada allí, recibiendo, depurando, agradecida por aquel sol que el instructor trajo y no se llevó consigo, su regalo para los que ese día y a esa hora decidimos confiar.

One comment

Hasta aquí escribí yo. Ahora te leo a ti.