En el tiempo de las mariposas, que puede o no ser nuestro tiempo

En el tiempo de las mariposas es uno de los títulos que más me gustan de todos los libros que he leído en mi vida. Y me gusta por sí solo, independientemente de la novela de Julia Alvarez, de la que recuerdo la trama general centrada en los años de dictadura de Trujillo en Dominicana. El título no hace referencia a nada de eso. En mi opinión, tiene un lirismo fino que parece descuidado, como logrado sin esfuerzo. Me resulta evocador. Y esa idea de que ciertos procesos requieren un tiempo para lograrse revolotea en mi cabeza, viva, como las mismas mariposas.

Llevo días pensando en el título, desde el último fin de semana largo, tres días que había destinado a trabajar en una novela que estoy terminando —por tercera vez—.

Me restaban los tres capítulos más difíciles de la novela y lo sabía, los que constituyen el final, y ademas representan un twist en la historia*.* Debía cerrar pistas que había dejado abiertas en los capítulos anteriores.

Sabía que iba a ser un trabajo grande y por eso me programé: un capítulo cada día.

Ese era mi tiempo. Era el tiempo que había decidido dedicarle a la novela. Un tiempo que, de hecho, me parecía bastante generoso. En este mundo moderno, un día entero escribiendo sin cambiar de actividad al menos tres veces me parecía un prodigio. Era el tiempo que creí que necesitaba la novela para terminarse. ¡Qué ilusa, como si la que otorgase tiempo a la obra fuese yo!

No tengo todo el tiempo que quisiera para escribir y tampoco siempre estoy con la energía y la disposición mental para hacerlo. Entonces suelo ponerme muy militar con el tiempo de escritura, sin poder aún llamarlo disciplina. Me siento cuando puedo y me digo: «Esto es lo que toca». No le presto mucha atención a la musa.

Ya sé que hay quienes esperan a la musa y creen que no se debe escribir sin ella. Pero hay otros que opinan diferente. Está Elizabeth Gilbert, por ejemplo, quien dice que la musa es elusiva y que hay que traerla, porque, si fuera por ella, vendría cuando le diera la gana y no cuando uno quiere. Además, no siempre que la musa llega uno puede seguirle el ritmo. Y está mi ídolo Isabel Allende, que en su nuevo libro La palabra mágica, una vida escrita habla fervientemente de que «la idea es escribir, escribir, escribir hasta que la maldita musa decida hacerme una visita”. También cita a Jack London:

“No esperes la inspiración, persíguela con un garrote”

Supongo que casi todos los escritores trabajamos con una mezcla de las dos: una mezcla de la musa y la disciplina, de la imaginación y de un poco de oficio, ese “voy a sentarme, haya musa o no”. Traer a la musa porque uno quiere.

En mi caso, debo admitir que no siempre funciona. La obligo a venir, pero si me dice “No quiero”, y con todo y eso la obligo, la musa se resiste.

Este fin de semana largo en particular, la musa se resistió y terminé el tercer día muy frustrada. Seguía atorada en el último capítulo.

Lo revisé, lo reedité y lo escribí de muchas maneras. La musa me decía:

“Si no me dejas ir, me quedo aquí, pero que sepas que me quedo obligada”.

Y su desgana se notó.

Desde el día siguiente me revolotea en la cabeza el título En el tiempo de las mariposas. Porque empecé la semana de trabajo con la sensación de haber perdido tres días preciosos sin haber conseguido nada. Nos hemos acostumbrado tanto a controlar los resultados del trabajo, a contabilizar, input contra output, que solo un cierre, preferiblemente con broche de oro, se siente satisfactorio. Pero en la literatura, en el proceso creativo en general, creo, los logros son relativos, los cierres debatibles y las correlaciones esfuerzo-resultado, en el mejor de los casos, borrosas.

Y es que a veces las historias necesitan madurar. Lo dice la Allende, que sabe de lo que habla, y me lo quedo porque me sirve. Necesitan crecer. Necesitan cambiar.

Entendí que, aunque no era la primera vez que reescribía esos capítulos, era la primera vez que los escribía de esa manera. Quizás la historia también necesita pasar un tiempo en este lugar en el que está ahora, antes de que un nuevo final sea posible.

Yo había querido apresurar el proceso y terminar en mi tiempo y no en el tiempo de la historia, no en el tiempo de las mariposas.

Quizás no se trataba de que yo no hubiera trabajado lo suficiente. Quizás la historia todavía no estaba lista para llegar al lugar al que yo quería llevarla.

Mi pequeño proceso creativo invariablemente se salió de mi cabeza y se fue tras las mariposas hacia territorios más abiertos, más universales, como es este confundir esfuerzo con control. Si trabajamos X, si insistimos Y, con una organización constante Z y una unidad de tiempo con la que se puede experimentar, arribamos a una fórmula calculable, replicable, a un resultado predecible. Ya después resulta fácil hacer la evaluación final: cualquier resultado por debajo de un número A debe asumirse como un fracaso que requiere reanalizar los valores.

Quizás el fracaso está en la prisa, en la aceleración misma. Quizás en la vida, al igual que en las historias, ciertas cosas necesitan sentarse, incómodas, durante un tiempo en un lugar incompleto.

Y esa es la línea fina en la que me balanceo: ¿cuándo y cuánto forzar las cosas? ¿Cuándo y cuánto dejarlas respirar?

La disciplina trae el oficio. La disciplina se consigue con el esfuerzo del día a día. Y, sin embargo, tanto en el arte como en la vida, hay que entender que a veces la disciplina no es suficiente para lograr un resultado.

Uno puede llegar y sentarse a la hora indicada, cumpliendo los requisitos establecidos, pero puede ser que todavía no sea el tiempo.

Puede ser que haya que hacerlo varias veces sin que nada surja, porque no es nuestro tiempo.

Es el tiempo de las mariposas.

One comment

  1. Muy sabias reflexiones sobre el proceso creativo. Igual que cada mariposa es diferente, supongo que cada persona tiene su propio estilo, su propia musa, más o menos temperamental, más o menos trabajadora (o vaga). Échale ganas, amigui, como dicen aquí.

Hasta aquí escribí yo. Ahora te leo a ti.