Viajar debería ser mandatorio como la educación primaria. Ya sea la práctica dosificada, tipo una vez al mes, o algo más laissez-faire, cuando se te dé y te venga en gana, pero en cualquier caso debería institucionalizarse más y glamorizarse menos. Porque no me refiero al viajar a destinos instagramables, sino al viajar a cualquier parte, al salirse del día a día que, de tanto repetirse, nos crea la ilusión de que es la vida, más o menos gratificante por ratos, pero la vida que nos creemos que existe para y por nosotros.
No siento nada negativo por las rutinas, excepto pura envidia por lo mal que se me da eso de adoptarlas. Y a pesar de que en los últimos años la narrativa social ha cambiado a favor de la disciplina, celebrando menos la espontaneidad, la propia naturaleza repetitiva de la rutina nos hace dueños y señores de lo que podemos controlar, algo que al viajar suele irse por la borda.
Viajar es un ejercicio de neuroplasticidad. Requiere ajustes porque de pronto no solo el paisaje cambia, sino cada uno de sus elementos. Requiere estar alerta, inmerso, curioso sin ser invasivo, aventurero sin necesariamente ser temerario.
En los últimos años también se han puesto de moda los destinos de relajación, donde la experiencia de vacacionar es curada, depurada precisamente de esos requerimientos, donde en un sitio extraño se puede todavía ir al gimnasio, ver Netflix con tu cuenta personal, sentirnos como en casa en un Airbnb y bajar la guardia en general, porque el entorno nos acoge y nos protege.
La semana pasada, con motivo del cumpleaños de mi hija, nos fuimos en viaje de chicas de la Alta a la Baja California, en una aventura semicurada, de relajación y diversidad. No fue para nada el ejercicio de neuroplasticidad al que me refería anteriormente y, aun así, la parte semi y no totalmente curada de la experiencia me recordó que no estaba en casa, que no tenía caso adherirse a una rutina solo por determinación y que mirar hacia los lados y dejar que el entorno me sorprendiera era la mejor rutina a la que debía aspirar en los días siguientes.
Viajar es exponerse, hacer concesiones, aceptar desperfectos, incluso los de uno mismo. Es hacer un research local que nunca será perfecto, aceptar que podías haber elegido un mejor sitio para cenar, una experiencia más auténtica, una estancia más cómoda y, aun así, ser capaz de valorar y disfrutar y sentirte agradecido por la tuya propia.
Y es ahí donde viajar cobra este dinamismo de organismo vivo: nos obliga a prestar atención a lo que, por habitual, hemos dejado de notar. Al cuerpo que nos soporta mientras caminamos geografías nuevas, a las personas que nos acompañan y a las que hubiéramos querido tener cerca, a la protección del entorno, de la casa o el recuerdo de la casa misma.
Y ese notar nos lleva inevitablemente al agradecimiento. Por lo que tenemos y por lo que funciona, pero también por aquello que nos falta o que no funciona tan bien. Porque a veces las cosas se vuelven tan normales que solo descubrimos su valor cuando dejan de funcionar, cuando las tenemos lejos o cuando las echamos de menos, como mi antifaz para dormir, olvidado detrás de la almohada.
Viajar debería ser mandatorio. También el agradecer. Porque los caminos de ayer nos llevaron al de hoy y nos guiarán a los de mañana. Y es un privilegio andarlos.

Así mismo es. Y a veces un viajecito corto, short and sweet, que nos saque de la rutina, reconforta más que uno largo… bueno, al menos a mi edad 🙂