Hace unos años quedé fascinada al aprender que existen palabras que no parecen tener una traducción cierta a otros idiomas. Es así la palabra saudade del portugués, que ni el “I miss you” en inglés ni el “extrañar, echar de menos” en español son capaces de expresar la intensidad del sentimiento, aunque la segunda quizás se acerca más. Es también así el ikigai japonés, que asociamos a propósito de vida, razón de ser, pero carece de una palabra poderosa que sintetice ese ser uno con tu esencia que propone.
Gracias a Tayari, en estas últimas semanas he pensado mucho en la palabra “kin”, que se refiere a esa familiaridad con personas con las que tienes una relación de sangre, un lazo de parentesco o profundamente afectivo. Y quizás “familiaridad” sea la traducción más cercana en español, pero no la siento tan abarcadora, profunda y tangible como lo que me transmite “kin”.
Bien lo dice Tayari: “Blood alone can’t give you kinship”, y aunque en el contexto médico kin es esa primera persona a quien se contacta en caso de que te pase algo, y que por lo general es tu familiar sanguíneo más cercano, en el contexto de vida kinship propone una idea de “familia” que va más allá de lo biológico, que tiene más que ver con la familia elegida; que implican un grado elevado de lealtad, compromiso e historia de vida compartida.
He aquí otra historia conectada con la anterior: aquella historia con cola que habló de sueños y usó como elemento visual el Peñol de Guatapé, una imagen genérica que me llevó a pensar en las mías propias y en los recuerdos de aquel viaje de verano con una gran parte de la familia escogida, que me trae hasta aquí, hasta el tema del día, hacia la palabra kin.
Porque kinship fue lo que se sintió en aquellos días, bajo las nubes de aquella ciudad cóncava que es Medellín. Kinship fue lo que se llevó en las maletas desde Tampa, desde California, y kinship fue lo que agregaron los de Colombia: lo que colocó la señora Nelli en el sancocho del almuerzo, lo que se sentía en los abrazos pegajosos de Mafe, en la risa contagiosa de Laura y lo que se vio en la mirada mojada de Nico cuando nos llevó al aeropuerto en el día final.
Kinship fue aquella compenetración inusual, como si nos conociéramos de toda la vida, que creó la armonía que vivimos y la calidez que recordamos. Y aunque algunos no hemos vuelto a vernos desde entonces, kinship es ese ser vivo que creamos sin darnos ni cuenta.
Te recomiendo Kin de Tayari Jones. Pero más que eso, te invito a cerrar los ojos y visualizar tu propio kin. Mándale (o mándales a todos) un abrazo. La energía viaja, y los abrazos llegan… reconfortan, acompañan y tambien, sin que nos demos cuenta, se quedan.

