Hace muchos años, mi amigo Manolito me diagnosticó como un caso clásico de pensamientos con cola. “¡Es que empatas uno con otro y no pones punto final!”, me dijo y los que estábamos presentes nos reímos de la ocurrencia, que debo reconocer, fue como una revelación. Presentía que tenía esa tendencia, pero no le había puesto nombre y mucho menos apellido. Ahí estaba: diagnóstico de pensamientos con cola, cuadro crónico y enquistado, con presencia de quistes de diversos tamaños distribuidos en múltiples órganos principales. Pronóstico reservado.
Lo cierto es que se me da bien empatar una idea con otra y no tan bien cerrar capítulos. Y si en otras áreas de la vida el valor es cuestionable, en este negocio de contar historias tiene sus ventajas.
A principios de semana, cuando publiqué “Cuando es preferible el insomnio”, usé una foto del Peñol de Guatapé que por aquellos días se me apareció como fondo de pantalla en mi computador, en medio de ese carrusel dinámico de imágenes que cambian solas. Lo reconocí al instante y tomé una foto de la foto para mandársela a mis amigas, con las que visité el Peñón en tiempo real en junio de 2023.
Hay imágenes que despiertan mil recuerdos y aquel viaje a Medellín para celebrar el cumpleaños de Mey fue mucho más que un viaje de turismo, fue la oportunidad de compartir con la familia de vida todos los aspectos de la vida en familia. A los tres niños mayores, haciendo gala de su independencia adolescente, les perdimos el rastro justo en la entrada del primer tramo de escaleras. Con menos de 7 años, Grace lideró el camino. A la cumpleañera, Néstor, el Negro, Jessica, Yau, Yane y yo no nos quedó más remedio que persistir, un paso a la vez, aunque queriendo rendirnos todo el tiempo durante la subida angustiante y la bajada cautelosa. Pero lo cierto fue que observar la grandeza de piedra del Peñol desde abajo, sentir en las piernas la magnitud de sus 740 escalones, y sudar la gota gorda y la fina al mismo tiempo, fue tan gratificante como el extender la vista 360 grados en derredor desde la cima y ver cómo a tus pies un mundo plano se desplegaba, haciéndote dudar de si la tierra es o no en realidad redonda.
Aquella foto no la tomé yo, pero estas sí. A los que estuvimos, aquí les dejo el recordatorio de nuestro Guatapé. Muchachos, lo logramos y aquí está la evidencia, para los desconfiados que pueden decir que, si no hay foto, ¿realmente se subió?
Y así nace esta historia, derivada de una que a su vez ya le dio vida a otra. Porque de pensamientos con cola no puede menos que nacer historias con cola, monólogos que se ensanchan, se estiran y se crecen para abrigar memorias, conversaciones y a los protagonistas de las mismas, que hacen que cada trillo recorrido valga tres o cinco mil veces más la pena.




