No, la tiene mi amiga Me, que hace unas semanas me envió The Cuban Punto: The Forgotten Art of Guajiros and Poets, un video sobre la historia del repentismo en Cuba, en el que no por concidencia aparece el hermano de un amigo común de la escuela cantando una seguidilla imposible de cinco o seis minutos.
¿Qué tienen en la cabeza estos poetas que no solo escriben décimas en el momento, a pesar de sus restricciones de ritmo, métrica y forma, sino que además las improvisan y hacen de la improvisación debate lírico, controversia, amigable duelo?
El video, por supuesto, nos hizo recordar nuestras infancias, a nuestros abuelos, ambos amantes de la décima, la improvisación y el punto guajiro, que es como se le dice en nuestra región occidental a este tipo de composición musical que tanta popularidad ha perdido en las últimas décadas.
Las dos tenemos la misma vívida imagen de ambos abuelos, en nuestras respectivas casas, sentados frente al televisor, solo los domingos, solo a las siete de la noche, solo para ver Palmas y Cañas.
El documental narra el nacimiento del género musical, que inmigró, como el laúd, el instrumento que lo acompaña, y lo revela en su máxima expresión con ese “punteo” certero de cuerdas que deviene en el nombre por el que se le conoce. También narra no solo cómo llegó a diferentes partes de Cuba, adoptando ciertas individualidades, sino a lugares más alejados del continente, donde se puntea, se improvisa, se debate en forma de verso, con el mismo espíritu y rapidez mental, solo que se le conoce de manera diferente.
El video marcó el inicio del sendero. Me llevó a buscar más videos de Leandro Camargo, a quien Me y yo también recordamos como un muchachito delgado, de ojos inquietos y ademanes mesurados, que hoy es hombre de familia, de verbo amplio, y que le da respiración boca a boca al repentismo en un país donde la variedad musical, como cualquier otra variedad, está en peligro de extinción.
El repentismo, en la voz de Leandro, se expande, se crece, se vuelve seguidilla, que es una pequeña prima de la décima, pero más corta, más ligera y muy musical. La seguidilla nació para ser dicha o cantada en voz alta, y conserva ese aire de conversación espontánea que la hace ideal para el repentismo y la poesía popular. Leandro nació para cantarla.
El repentismo sabe de caminos. Los anduvo y aún, con paso corto, los anda.
Leandro sabe de caminos. Los engendra en su mente, versos que se conciben en menos de lo que canta un gallo y a los que da a luz inmediatamente, perfectos en su más genuina imperfección.
Me y yo sabemos de caminos. Los recorríamos juntas cuando salíamos de la escuela y ella me acompañaba a mi casa, que estaba más lejos, y yo después la acompañaba a ella para que no regresara sola. Después nos despedíamos en el punto medio entre las dos casas porque ya era tarde y los abuelos nos esperaban para comer.
Y resulta que nuestras hijas también saben de caminos. Daniela tiene el pie inquieto y, donde no hay destino, lo inventa. Katheryn los ve, los entiende como parte de nuestras vidas, tal y como lo vemos su mamá y yo. Katheryn los interpreta, los pinta y nos los regala, como un acto de presevación, mas que un recuerdo.

Cuántos recuerdos de Palmas y Cañas. Había un programa de radio (creo que en Radio Progreso) donde también improvisaban décimas, no me viene a la mente el nombre.
Hola Tere! Creo que mi abuelo lo escuchaba, me suena algo asi, peor tampoco recuerdo exactamente. Palmas y Cañas si era religioso como la misa. Seguire «decimando» los domingos a ver que sale 🙂
Un abrazote!