Audiolibros: ¿cuenta como “leer”?

Me enamoré de los audiolibros en el 2016 y tenemos aún una relación sólida, diez años después. Supongo que antes nos habíamos visto de lejos, intercambiado miraditas, pero todo así, muy casual. Con las largas manejadas hacia y desde el trabajo, aproximadamente 45 minutos entre Daly City y Menlo Park, empezamos a coincidir y nos percatamos de que sí, que teníamos mucho en común. No tardamos en comenzar esta relación, “seria”, que nos acompaña hasta hoy. Como dice el dicho: when you know, you know.

No cuestiono la solidez de nuestro amor, pero sí debo reconocer que siempre ha habido una duda dando vueltas dentro de mi cabeza: ¿escuchar audiolibros cuenta como leer?

Esta es una idea recurrente en mi vida: la del merecimiento, el esfuerzo y las denominaciones. Si hay dos cosas que me quedan claras es que, en primer lugar, no uso las palabras a la ligera y, en segundo, tengo cierto problema con los atajos. Ya una vez escribí sobre eso, en uno de mis intentos de autoterapia, tratando de comprenderme y comprender. Y lo veo como lo que es: una creencia limitante heredada de mis padres esforzados, introspectivos, que a su vez la heredaron de unos padres humildes pero sacrificados, y de un contexto político y social de una Cuba postrevolución, socialista y proletaria, fundada en ideas de beneficio de masas y un abierto sentimiento de culpa ante el “egoísta” impulso de la individualidad.

En otras palabras, hay que sudar para llegar a ser merecedor de algo, para pertenecer a la categoría de los que han forjado el camino antes que tú. Sin esfuerzo, sin sangre, no puede haber disfrute ni satisfacción plena.

Por supuesto que en un mundo donde las AIs se amontonan unas sobre otras y es cuestión de elegir con los ojos cerrados a lo tin-marín-de-dos-pingüé, en un mundo de exponencialidad donde se crean “shortcuts” para acelerar resultados, estas ideas sobre el sacrificio resultan totalmente arcaicas. Pero debo reconocer también que ya soy un poco mayor: anterior a la democratización de la computadora, anterior a la revolución “dot com”.

A mis cuarenta y tantos, y por mucho que lucho contra ellas, aún sobreviven las secuelas. Y es esa la mayor de las barreras de mi relación con los audiolibros. Cuando me preguntan si he leído “x” libro del autor “y” y lo he escuchado, ¿puedo decir que sí? ¿Puedo dejar de agregar el disclaimer de “no… sí… bueno, escuché el audiolibro. ¡Pero me encantó!”? ¿Puedo atreverme a colocar los audiolibros que me han acompañado por tantas millas en la lista de “libros leídos” de mi nueva cuenta de Fable? (En el pasado, cuando tenía Goodreads, en la plataforma encontré la opción de crear una lista nueva y titularla “audiolibros”. Así logré evitar las confusiones. Y me pregunto: ¿era necesario aclarar? ¿a alguien le importa?)

La respuesta a estas interrogantes, créanlo o no, puede significar un cambio en mi relación con los audiolibros. Claro que, de forma general, suelo darle a este amor su lugar. Pero la espinita está ahí; yo lo sé, este amor lo sabe.

Es este uno de esos casos en que necesito validación externa. Porque si el árbol se cae y no lo vio nadie, ¿realmente se cayó? Tu opinión puede cambiar enteramente el curso de una relación amorosa de una década. Aguardo tu comentario. Que conste: ¡sin presión! 😉

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