¿Actuamos o nos habitamos? De personajes, afinidades y ecos.

Daniela en Moment in the Woods.

El teatro ha sido una de esas decisiones que se toman para probar y terminan por quedarse, volviéndose primarias, definitorias. Daniela empezaba a transformarse en una niña tímida e inhibida, con la toma de conciencia propia de la preadolescencia, cuando descubrí un programa de teatro en la escuela de artes cercana. Era pintoresco, novedoso para las dos; la inscribí y lo demás es historia. Hace más de diez años que hace teatro y, aunque aún pueda parecer una muchacha tímida e inhibida, hoy es simplemente una elección, porque ya tiene los recursos para dejar de serlo. Hoy es capaz de enfrentar audiencias y comunicar con la voz, con las expresiones, las emociones que quedan: con una voz clara, decidida, precisa.

Este fin de semana estuvimos en San Diego, California, con motivo de una competencia de teatro a la que asiste, a principios de mayo, desde hace varios años. Es un ambiente en el que el espíritu de comunidad está muy por encima de la competitividad, aunque el talento fluye como el agua y uno no puede dejar de preguntarse cómo, a edades tan tempranas, puede haber ya tanto. El evento convoca a niños entre 6 y 18 años que bailan, cantan y actúan, no solo en los escenarios, sino en los pasillos, los portales, las salas de espera, los espacios verdes. Emociona ver tanto talento; pero, sobre todo, tanto júbilo, tanta alegría en acción y tanta resiliencia. Emociona el detalle, la intencionalidad, el esfuerzo que se despliega; y sí, ya muchos —casi todos— piensan en la fama. Pero, más allá de la fama, en estas palestras amistosas crecen seres humanos, se curten voluntades y se interiorizan lecciones que les quedarán para toda la vida. Todos actuamos todo o casi todo el tiempo, aunque a veces no nos demos cuenta. Y es esa naturalidad con la que nos desdoblamos frente a los otros; es esa internalización del papel que interpretamos, lo que nos hace habitar el espacio en el que se pierden los límites de dónde empieza el acto y termina el actor. En la vida real, ¿somos todos “actores de método” que nos metemos en el personaje que interpretamos? ¿O experimentamos, más bien, eso a lo que llaman “resaca del personaje”, cuando rasgos del personaje que interpretamos se quedan en nosotros después de que la actuación termina? Es difícil saberlo, y lo más probable es que sea un poco de las dos cosas: porque, sin la conciencia de querer ser quienes somos, la manifestación se diluye; y sin la repetición, la ejecución y el compromiso con la acción realizada, no se puede aspirar a conquistar el logro y sostenerlo, convertirlo en secuela, experimentar ese lingering effect que nos hace ser quienes somos, mucho después de que caiga la cortina.

En el escenario, tanto como en la vida, la elección del personaje y la pieza no se hace a la ligera. Hay motivos internos que facilitan la simbiosis del actor y la obra. Pero es en el estudio del personaje, en la decisión de asumirlo, donde empieza el crecimiento. Entendiendo a quien se interpreta y por qué, terminamos interpretándonos también a nosotros mismos.

Felicidades, muchacha mía. Fue muy emocionante verte actuar para el público; y un privilegio ser testigo de cómo fueron moldeándose los personajes, poco a poco, en el espacio que convertimos en escenario de práctica, donde actuamos las dos.

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