No me afecta tanto la falta de resultados como la insatisfacción de saber que no se ha hecho todo lo posible por llegar al logro.
Entiendo cuando el camino es difícil, cuando parece hasta que está en nuestra contra. Entiendo cuando se lucha con tantos molinos a la vez que llega un momento en el ya el cuerpo se levanta rispido de dormir con armadura, blandiendo la espada, la lanza, muchas veces contra nada ni nadie, gastando energías en una batalla con el viento. Entiendo incluso que no todos los proyectos merecen el 100% del esfuerzo porque en el periodo de “estarnos conociendo” se empiezan a detectar incompatibilidades, y que el continuar intentándolo es más una cuestión de ejercicio de expansión de la neuroplasticidad que de resiliencia.
Lo que no entiendo, más bien lo que no quiero entender mas es cuando nos refugiamos en el esfuerzo para medir la falta de resultado. Cuando en vez de esgrimir la espada, la lanza contra el viento lo hacemos para que el mundo nos vea, nos note en el esfuerzo fútil, nos exonere de juzgamiento porque, mira mundo, estoy intentando, no es mi culpa que los planetas no se alineen para que pueda lograrlo.
Cuantas veces no lo he hecho yo! Tantas que ya reconozco cuando en vez de dar un paso hacia el objetivo, doy uno hacia mi zona de confort, donde soy reina y ama de mi realidad, donde me protegen mis miedos limitantes, esos que me justifican y me acarician con dulzura y me susurran al oído lo que quiero escuchar, quédate aquí, mira a tu alrededor, agradece más, eso también es crecimiento, hay peligro en correr riesgos. No estás sola. No te dejaremos sola. Ven, Netflix ya está pagado y tiene tanta programación nueva! Un montón de documentales, por si quieres sentir que aprovechas el tiempo.
Te reconoces en este dilema? Te permites el tiempo para revisar honestamente esos momentos en que nos resguardamos detrás del esfuerzo? Vale o ha valido la pena hacerlo?
Solo hay una manera de saberlo. Andando los trillos y trazando los trazos.
