Artilugios de cuidad

La cuidad era como muchas otras, empecinadamente cuadrada. No tenían sentido aquellas avenidas rectas y aquellas esquinas de exactamente 90 grados de no ser para los que venían en dirección a la bahía porque sus miradas siempre terminaban en el mar. Esto, por desgracia también generaba problemas de tráfico y accidentes, porque todos querían viajar en dirección a la bahía y nadie se quería enturbiar la vista celeste con los aburridos traseros de los automóviles de enfrente.

La primera vez que vio un mapa de la cuidad se había echado a reír. En esta cuidad no se pierde nadie, pensó en voz alta. Eso dicen todos, murmuró después de unos minutos, y sin levantar la vista de la taza, un anciano, que tomaba un café a dos mesas de la suya.

Se le antojo que en una cuiEsquinadad cuadrada lo más interesante sería recorrerla en círculos. Y con el fondo de la taza de café comenzó a trazar sobre el papel círculos tangentes dispuestos uno a continuación del otro. Los círculos rompían de cierta forma la cuadradez del diseño citadino, pero le agregaban una nueva clase de monotonía que decidió no cuestionar por el momento.

Para su primer paseo de reconocimiento escogió un espacio delimitado por los primeros cuatro círculos de la izquierda, una superficie que le recordaba las estrellas que solía pintar de pequeño, con solo cuatro picos indicando los puntos cardinales.

La punta que indicada el este coincidió con un parque de bancos rústicos y sauces llorones dispuestos alrededor de un lago. Clásico, pensó. Aún así le pareció una vista hermosa y conmovedora y hasta le hizo ilusión cruzar el puente arqueado que llevaba al otro lado del lago. Con un paso ligero de niño que persigue mariposas, recorrió la senda de adoquines y fue dejando atrás la serenidad del agua, fiel al trillo zigzagueante que  lo llevaba al extremo desconocido del parque. El ladrido de un perro callejero lo devolvió a la realidad y al mirar a su alrededor descubrió una nueva geografía y ni sombra del puente que hacía unos minuto había cruzado.  Que raro, pensó encogiéndose de hombros, y sin prestarle más atención al asunto siguió camino, adoquín tras adoquín hasta el extremo del parque donde podía perfilar a lo lejos el ajetreo de la calle que marcaba su final. Pero al llegar a la calle y consultar su mapa no encontró ningún punto de referencia que le ayudara a ubicarse.

Edificios y comercios bulliciosos se alzaban frente a sí; una intersección de hasta tres calles  lo saludo con sus respectivos semáforos, y luces de peatones, y carros acelerando, frenando, doblando, sonando el claxon. Le pareció que un lugar así debía aparecer en el mapa. A fin de cuentas no se trataba de pequeñas callejuelas sino de avenidas concurridas… pero al mapa no parecía saber de la existencia de aquel sitio.  Siguió la avenida principal buscando otra intersección, otro punto de referencia, y aparecieron edificios de gobierno, estatuas de nombres y rostros pomposos, más intersecciones concurridas pero ni una sola de ellas aparecía en el mapa.

Completamente perdido, intento volver sobre sus pasos y se sorprendió de no encontrar el parque, ni el camino de adoquines, ni el puente arqueado con el lago y los cauces llorones y los bancos rústicos dispuestos a cada lado. El mapa seguía regalándole la misma imagen cuadrada, ajeno por completo a sus alrededores. Se preguntó si no era aquel quizás el mapa de otra cuidad o una copia anticuada, pero la fecha de impresión databa de 6 meses y el nombre de la cuidad aparecía en letras grandes encima del todo, como para no dar cabida a las dudas.

Los transeúntes a los que decidió preguntarles le daban respuestas vagas, o se encogían de hombros, disculpándose por no conocer los sitios a los que se refería, o por ser turistas, perdidos a su vez, o estar de paso en la cuidad. Pensó dejar migajas de pan para marcas sus pasos como en el cuento infantil de Hansel y Gretel pero no llevaba pan ni encontró un comercio donde pudiera comprarlo. Tiendas de electrodomésticos, inmobiliarias de aspecto pretensioso, concesionario de automóviles nuevos y relucientes, llenos de vendedores sonrientes y ocupados. Una minúscula papelería llamo su atención, semi escondida entre dos imponentes bancos de Crédito y Comercio. Entró y pidió una hoja de papel. Con un marcador negro que encontró en el mostrador garabateó unas letras y se lo devolvió al dependiente junto con una foto suya, tamaño pasaporte, que llevaba en la billetera. Diez copias por favor y este rollo de cinta adhesiva. El dependiente alternó una mirada desconcertada entre el papel, la foto y  el fotografiado, pero no hizo preguntas, y se limitó a hacer lo que le pedían. En los 15 años que llevaba al frente de la pequeña papelería había visto de todo, y el tedio le había matado hasta la curiosidad. Son $13.75 incluyendo la cinta, dijo simplemente tras entregarle los papeles fotocopiados.

La primera de las copias la   pego en un poste de alumbrado público a las afueras de la papelería misma. Sentía como si estuviera perdiendo la razón, como si la cuidad le estuviera jugando una mala pasada, absorbiéndolo y tragándoselo sin masticarlo siquiera. Los nombres de las calles se mezclaban tanto en el mapa como a su alrededor y ya no sabía si había venido, o ido, ni por que avenida. Agotó las 10 copias en cinco manzanas pegándolas en los portales de edificios o postes de alumbrado. Esperaba crear con ellas una especie de sendero con el que pudiera familiarizarse y de alguna manera regresar al parque. O que alguien leyera el anuncio manuscrito con su foto y llamara al numero de teléfono indicado para ofrecerle referencias. Pero empezó a hacerse de noche y no pasaba ni una cosa ni la otra. Estaba irremediablemente perdido. La cuidad lo había devorado.

Días después, sobre el césped húmedo del lado oeste del parque, un anciano se agachó para recoger una hoja de papel en la que aparecía una foto en blanco y negro de un hombre de edad mediana a la que acompañaba el mensaje Hombre perdido. Necesita regresar al lado este del parque central. Por  favor llamar con referencias.” Y un número de teléfono. El papel estaba mojado por la neblina y ambos, la foto y el mensaje se veían borrosos. Pero aún así el anciano había podido reconocer a aquel hombrecillo que viera días antes a dos mesas de la suya, mientras tomaba el café. Aquel que mirando un mapa de la cuidad había dicho en voz alta que en esa cuidad no se perdía nadie. Sonrió para sus adentros. Incautos, dijo mirando al horizonte.  Marcó varias posibles combinaciones del número de teléfono impreso en el papel pero todas las llamadas le respondieron con el desagradable sonido de los números incorrectos.  Seguro ya encontró el sitio que buscaba. Todos eventualmente terminan donde empiezan, pensó. Y arrojando el papel en un cesto de basura siguió su camino, impávido, en dirección al café de cada mañana.

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2 comentarios

  1. Me he bebido en un santiamen tu nuevo blog. Dos veces!! Lo disfrute tanto que se me costara regresar a Fischer y su Master the Boards( mi libro de cabecera desde hace algun tiempo) jajaja

    Ps: Imposible llegaras en mejor momento!

    Me gusta

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