Retrato

Apreté la nariz contra el cristal de la ventana del frente un dia de octubre en que ya me mataba la curiosidad y una bruja de tamaño humano parecía balancearse en el columpio del patio. Una densidad de luz avejentada me encandiló los ojos, o quizás fue la impavidez de la sala desierta devolviéndome la mirada, entre avergonzada y ultrajada por mi intromisión repentina. El caso es que separé la cara del cristal de pronto, como tocada por una descarga eléctrica, dejando un pequeño círculo de grasa en la pulcritud del ventanal. Allí donde había estado mi nariz presionada, quedaba la huella de un olor que no pude percibir. Aquella casa se había convertido en una incógnita de cemento, vidrio y madera en mis tardes y el deseo de descubrir sus secretos era ya una obsesión.

Miré a ambos lados con pavor de que alguien me hubiera visto mirando a través de la ventana, pero a aquella hora mustia del día, el vecindario parecía ya dormido. Arremetí de nuevo contra el cristal, contra aquella ventana que me regalaba una sala inerte, contra aquella vida inexistente que debía vivirse dentro pero que paradójicamente se reflejaba en un exterior versátil y cuidado con minuciosidad.wpid-20151031_172302.jpg

Llevaba varios meses observando la casa desde la acera, primero con sorpresa, luego con admiración y finalmente con verdadera curiosidad. Ni una sola vez la puerta se mostró entreabierta, o las ventanas corridas, o las cortinas en una posición diferente que delatara un ápice de presencia humana. Sin embargo, la decoración del patio cambiada con cada temporada. La bruja de tamaño humano fue el detonante. Me di cuenta que hacía ya un año que recorría el vecindario al menos cuatro veces por semana y ya había visto calabazas talladas con las más creativas sonrisas, muñecos de nieve, luces y árboles de navidad, rojos corazones de enamorados, huevos de pascuas, cojines bordados con mensajes de amor para madres y padres, sombrillas y colgantes de caracoles y caballitos de mar, patrióticas estrellas rojas, blancas y azules y ya estábamos de vuelta a las brujas, los fantasmas y las calaveras. Aunque la casa parecía congelada en su inactividad extemporánea, el patio ululaba vida.wpid-20151031_172618.jpg

Todavía estremecida por la severidad con que la sala desierta había recibido mi mirada, me aseguré de que al pegar nuevamente la cara a la ventana, la nariz se apoyara en el mismo redondel que había dejado minutos antes. Quería a modo de disculpa, dejar la menor huella posible de mi presencia quizás tratando de engañar a la casa, o a mí misma… ¿Si no había huellas de mi estancia, había en realidad estado allí?

Fue entonces que los vi. No había sorpresa en sus ojos, pero debía haberla en los míos porque la seriedad de la sala se quebró y cuando me di cuenta, ya estaba yo del lado interior del cristal y ya estaban ellos mirándome de cerca, respondiendo a los reclamos de mi curiosidad que a todas claras consideraban injustificada. Para ese entonces ya se habían descolgado de la pared celeste, del marco dorado tallado a mano, de sus sillas de mimbre casualmente situadas en el verde reluciente del patio, del mismo patio que ahora quedaba a mi espalda. Para ese entonces ya los rizos perfectos de ella tenían destellos de perlas y en la comisura de sus labios y la esquina de los ojos se quebraba y ahondaba la piel,  alargando la sonrisa. Para ese entonces ya las manos de él lucían cansadas aún cuando reposaban una sobre la silla, la otra en el muslo de ella. El té sobre la mesa del patio había también terminado por enfriarse y las hojas de la acacia de la cual colgaba el columpio, se habían caído muchas veces y amontonado sobre la hierba, y habían vuelto a ser parte de la tierra que las vio morir y nacer por tantos años.wpid-20151031_175809.jpg

Eran sin embargo las mismas figuras entrelazadas, vivas, juntas en el jardín, en el patio, con el columpio enfrente, la entrada de ladrillos rojos y piedras crudas zigzagueando hacia el portal de un lado, la acacia  con sus ramas torcidas alrededor del comedero de pájaros del otro.

Era noche cerrada cuando disculpándose con la vista me invitaron a dejarlos solos. “La temporada de brujas acaba hoy,” dijeron. Y señalando al patio agregaron, “ya sabe…hay que guardar los adornos, los muchachos no se encargan de esas cosas.”

No me quedé para ver la transformación. Era como si en vez de muertos se hubiesen quedado desnudos y al verlos tan vulnerables, tan desprotegidos, me avergoncé de mi curiosidad y mi arrogancia de voyeurs.

Al atardecer siguiente ya no quedaban rastros de las brujas, los fantasmas ni los esqueletos. En su lugar sobre el columpio blanco, descansaban hojas mustias de otoño y un pavo de plumas coloridas alegórico a Acción de Gracias. Alejada de la acera, la casa seguía impávida, detenida, y no tuve que pegarme al cristal de la ventana para saber que allí estaban ellos, colgados de la pared, esperado por que llegara la noche, y la calle se quedara vacía, y cambiaran las estaciones o la fiestas, y se fueran los muchachos que en realidad venían poco… Allí estaban, ausentes, abandonados en la imagen de la foto tomada en vida, renaciendo de a poco en el esplendor del patio mutante.

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