De Isabel a Carilda

“Me desordeno, amor.” Y en mi desorden brinco de la pasión de Carilda a lo inverosímil de Isabel y sus sombras, y sus alientos de mujeres de visiones sabias.

wpid-20151104_160129.jpgIsabel cuenta y Carilda canta a plena voz. Hacen las dos un estruendo contagioso. Las palabras de ambas se retuercen, se atraen y se repelen pero al final me llevan de la mano, de una a la otra, reciprocándose en el arte de evocar espíritus.
Culpable de mi propia algarabía, “me desordeno amor, me desordeno.”
He buscado un sentido en mi leer de ocio, y lo persigo. Pero luego me distraigo tejiendo seres inimaginables en el mantel que Rosa no puso terminar. Si no, miro a mi alrededor y descubro “que en esta casa hay flores y pájaros y  huevos, y hasta una enciclopedia y dos vestidos nuevos; y sin embargo, a veces…¡que ganas de llorar!”
Me atormentan las “exigencias terrenales” de Isabel y me sumo a la petición de Carilda de que “no apuntéis al cielo vuestras armas: se asustan los gorriones (…) derretiréis la luna que da sobre los pobres.”
Avanzo poco, y no solo porque leo a cuatro ojos, sino porque con frecuencia pierdo el hilo de Carildas e Isabeles, y cuando lo encuentro se ha trasformado, y es ahora el hilo de una Ariadna haciéndose nudos y reclamándome que los desenrede con paciencia.
Ayer Isabel. Hoy Carilda. Mañana… no puedo hacer promesas. Puede que vuelva al desorden, amor, puede que vuelva.

Hasta aquí escribí yo. Ahora te leo a ti.