minientrada Rompecabezas

DSC02375Cuando te conocí era yo un manojo de frases inconclusas y leves vanidades. El pelo me tocaba la punta de las nalgas y había algo electrizante en aquel roce, al sur decadente de mi espalda, me dijiste. Yo no supe si te gustaba mi culo, mi pelo o si era quizás mi espalda lo que más te atraía. Desde entonces ya presentía que hay hombres que no tienen vocación por dar el frente. Igual me sentí alagada, y las axilas me sudaron con un pegajoso olor a colonia de violetas.

Llevabamos dos días, catroce horas y veinte y tantos minutos de conocernos y ya habíamos empezado a decirnos adiós. El tiempo entonces se media con relojes dislocados que respondían a la salida y puesta del sol. ¿Por que siempre hablas de sexo? Te pregunté y no me contestaste. La verdad hablabas poco pero decías mucho. Las palabras te quedaban a veces grandes, a veces pequeñas, casi nunca a la medida, y ya te habías acostumbrado a vestirlas con cierto desparpajo, que poco tenía de bohemio y mucho de fingida dejadez. Eras un ser terrenal aunque, de los dos, la que mas terrenal parecía era yo. Tenía un brillo curioso enterrado en las pupilas y de noche pasaba del insonmio a las pesadillas sin preambulos ni misericordias. Vivía -dormía-aterrada, y tus brazos me salvaron más de una vez de morirme de congoja al verme en la mañana, reducida a un par de ojeras profundas en el espejo. En esos dos días, catorce horas y veinte y tantos minutos, pude dormir como no lo hacía desde que empezara a ponerle imágenes a mis recuerdos.

Quédate, te prometo no hablar de sexo. No me molesta. Te dije. Quisiera hablar de sexo tambien pero no sé qué decir. Acordamos no decir nada y la vida termino por llenar los espacios entre nuestros silencios. Quédate. Me pediste como cansado de esperar por alguien. Confundí tu cansancio. Confundí tu espera. Me quedé y volvimos a dormirnos hasta que nos despertó el aguacero. Llovía dentro del cuarto y la noche se había vuelto extrañamente fría. Era una noche húmeda, y tiritamos juntos, nuestros cuerpos vibrando como en una misma canción.

Esa fue la última noche que me pediste que me quedara y la última noche en que te complací. La mañana me sorprendió en vela, y desde entonces se ha vuelto difícil conciliar de nuevo el sueño. Me corté el pelo. Me teñí de rojo la parte que conservé sobre mi cabeza. Puse el resto en un sobre y lo coloqué sobre tu almohada. Aún no despertabas, pero ya no esperabas por mí. Fue bueno saberlo. El manojo de frases incompletas y leves vanidades había empezado a compactarse y estaba cerca de convertirse en una tibia masa amorfa. No pude resistir la tentación y me miré al espejo. Me gusté. Me sonreí a mí misma y me dí la espalda. Atravesé la puerta que siempre había estado abierta y guardé, cuidadosamente, la llave de entrar dentro de la maseta azul que custodiaba el portal. Me pregunto si habrá retoñado, enardecida por el olor a tierra.

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