La virgen

Nathan pasaría por ella a las 6 y media. Tenían planes para ir a cenar y tickets para ver la nueva película de La Guerra de las Galaxias en el cine del centro. Nathan era un fanático de Star Wars, como decía, con un pulido acento californiano. Había visto las seis películas anteriores y tenía el cuarto lleno de referencias galácticas y una foto de R2-D2 y C-3PO como refrescador de pantalla de su portátil. Ana había estado en el cuarto de Nathan una sola vez, después de salir de la universidad y antes de empezar el trabajo de la tienda que le ocupaba cuatro buenas horas de la tarde. La madre de Nathan no estaba. El padre tampoco, pero ese no estaba nunca. Ana tenía las manos mojadas de un sudor nervioso y trato de secárselas en su pantalón por miedo a mojarle a Nathan la camisa mientras lo abrazaba.

Star WarsEsa noche la madre de Nathan tampoco estaría. Está visitando a mi abuela el fin de semana. Le había dicho el muchacho con fingido desinterés, justo antes de sugerirle que quizás podían pasar un tiempo a solas después de la película. Ana, dijo que sí, que le parecía bien, con el mismo fingido desinterés pero sintiendo un salto en la boca del estómago.

Ese día se levantó temprano. Tenía cita para peluquería y depilación. Quería que todo fuera perfecto. Iba a faltar a la universidad. Total, por un día no se acaba el mundo. Iba a llamar al trabajo y poner voz de enferma para excusarse esa tarde.  Iba, finalmente a ver la cronología de esa Guerra de las Galaxias que hasta ahora nunca le había interesado ver. Ana se sabía parte del minúsculo grupo de jóvenes que no habían visto las películas y lejos de sentirse extraña o excluida por eso, lo aceptaba con cierta expresión de desdén y orgullo en la voz. Sus ojos eran vírgenes a las imágenes de aquella enmarañada historia interminable que para ella carecía de sentido. Sin embargo, su cuerpo, virgen también, anhelaba encarecidamente otras batallas y un instinto bélico hasta ahora dormido, hervía en su interior cada vez que sentía la piel cálida de Nathan rozar contra la suya.

Antes de apretar el botón de iniciar la película, suspiró tristemente. Adiós virginidad. Una excepción ha muerto. Ahora sería parte de la regla. Resuelta, sin embargo, se abandonó a la icónica música inicial y a la primera tanda de lectura. Nathan lo valía. Ella quería compartir su entusiasmo, poder entender su pasión, sus comentarios. Ya le había mentido sobre haber visto todas y cada una de las películas y no poder aguantarse a que saliera la nueva en el cine. Había sido como un encantamiento. Nathan la miró como si la descubriera por primera vez. Ana necesitaba estar preparada. Esa noche iba a ser más legendaria que la cronología completa. Al día siguiente amanecería más ordinaria y común, mas parte del grupo, pero también más mujer, y estaba segura que también más feliz. No creía en príncipes azules, pero sentía que era una dicha perder la virginidad por amor. Las películas podían o no impresionarla. El amor podía o no ser eterno. Pero aquella noche, a las 6 y media, Ana estaría esperando por Nathan para descubrir de su mano la continuación de una historia que había dilatado sin saberlo para, ahora, vivirla con él.

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