The Heart, That Lonely Hunter

Hace un par de días, un blog que sigo, “Bridges to/from Cuba: Lifting the Emotional Embargo” publicó este artículo del poeta y amigo Carlos Pintado. Lo comparto hoy por varias razones. En primer lugar porque la pieza, de una sencillez arrobadora, le da en la misma cabeza a un clavo que muchos hemos intentado martillear antes: el clavo de lo que significa regresar a casa, o como en este caso, emprender un viaje nuevo al país donde vivió y murió lo que creíamos era la casa. Lo comparto en segundo lugar porque encierra, a mi modo de ver, un mensaje optimista, sincero, directo, tan claro como el agua que es difícil imaginarse al Pintado poeta escribiendo estas líneas que componen, quizás, uno de los soneto mas sentidos y personales que le he leído. En fin, lo comparto porque en un arranque de egoísmo, lo he hecho mío, porque habla y me recuerda a Pinar del Rio, a Las Martinas, a esos regresos que unas veces saben a regreso y otras a viajes de descubrimiento. Los dejo con Pintado. Que lo disfruten tanto como yo.

por Carlos Pintado

“I´m a stranger in a strange land.”
Carson McCullers
The Heart is a Lonely Hunter

La segunda vez que regresé a Cuba, en 2012, gracias a una invitación de un cineasta amigo a participar como jurado del festival de Cine de Gibara, recordé, de golpe, aquella fábula japonesa de Urashima Taro en la que el pescador, luego de salvar a una tortuga (que en realidad era la hija del dios del mar) atormentada por un grupo de niños, le es concedido, como regalo, un viaje al fondo del mar para que conozca el palacio del dios Dragón. El pescador permanece disfrutando de los manjares y las atenciones del palacio, incluso llega a tener un romance con la hija del dios del mar, hasta que al tercer día pide regresar a su aldea porque extrañaba mucho a su madre enferma. Una vez devuelto a la playa, el pescador advierte que algo raro ha pasado: las casas ya no son las mismas, los caminos han cambiado de lugar, incluso el mar rompe de una forma diferente. Como un poseso pregunta desesperadamente por la familia Urashima o Urashima Taro hasta que alguien por fin le dice que hace cien años vivió alguien con ese nombre y que, según cuenta la leyenda, una vez entró en el mar para nunca más salir.

De esta fábula siempre me atrajo -mucho más allá de sus elementos fantásticos que no dejan de ser, por cierto, encantadores-, la manera en que un hombre tiene que enfrentarse de repente a una nueva realidad. ¿Qué pesa más en uno en este momento: la nostalgia de un pasado que ya no podremos recuperar o la maravilla inevitable de un presente sorpresivo, promisorio quizás? Adaptarse al cambio o perder la cabeza sería “el ser o no ser” de nuestra sanidad mental.

En aquella ocasión pensé en mí y en Urashima Taro, salvando las distancias, como es lógico: ¿será uno quien cambia o son las ciudades quienes lo hacen? ¿Acaso el pescador japonés cambió más en tres días que su propia aldea en 100 años?

Como es costumbre después de no vernos por mucho tiempo, mi hermana y yo hablamos hasta entrada la madrugada. En mi memoria guardaba la imagen de nuestra casa en Pinar del Río, a las fueras de un pequeño pueblo llamado Las Martinas y del que pocas personas saben de su existencia por estar situado, literalmente, en el fin del mundo. Esta conversación la teníamos, empero, en una Habana iluminada, distante de aquella otra Habana de apagones infinitos, naufragando en los aciagos años del mal llamado ‘Período especial” que tanto nos atormentó años atrás.

-La casa ya no está-. Dijo mi hermana con esa voz que se escucha en los sueños.
-¿Ya no está? ¿Qué pasó?-. Pregunté.

Cuando salí de Cuba, un 28 de enero de 1997, con el apóstol mediante, la casa pasó a ser propiedad de un primo que, como es lógico, no dejó de restaurarla y hacerle cambios hasta que terminó construyendo una nueva casa en el lugar donde estaba la mía. No lo culpo. Yo hubiera hecho lo mismo.

Como en la fábula japonesa, la casa ya no era mi casa, ni la aldea mi aldea. Antes de rendirme a las aguas del sueño, pensé en ese extraño destino con que las cosas del mundo parecen abandonarnos inevitablemente, aun cuando desde la memoria intentemos salvarlas: la casa en la que aprendí a caminar, en la que descubrí por primera vez la maravilla de los libros y en la que escribí Habitación a oscuras, mi primer cuaderno de poemas, ya no pertenecía al reino de este mundo. Esa pequeña versión del universo como lo conocemos de pequeños ya no existe.

Esa misma noche leí un poema del libro. Fue, sin dudas, un pequeño y silencioso homenaje a la casa de mis sueños:

LA CASA

La oscura casa tan tranquila guarda
en su interior las sillas, los objetos,
ruecas, espejos, libros, relicarios
y todo el viejo polvo acumulado
sin que nadie jamás tocar quisiera.

Tan oscura la casa en su misterio
nos inunda de voces los pasillos.
Todo el silencio de la noche vuelve
por la pared en sombras entrevista,
buscando qué fantasmas solitarios,
llamando a quién por qué improbables nombres.

Al día siguiente, recorriendo una antigua librería, me descubrí hojeando un texto de los Últimos días de una casa de Dulce María Loynaz que no leía desde mi adolescencia: “Tal vez el mar no exista ya tampoco/ O lo hayan cambiado de lugar/ O de sustancia. Y todo: el mar, el aire, los jardines, los pájaros, / se haya vuelto también de piedra gris/ de cemento sin nombre”. Y percibí, por lo menos, que no era yo el único en perder la casa del pasado…y me sentí aliviado.

La casa que fue la inspiración para el poema de Dulce María Loynaz
La casa que fue la inspiración para el poema de Dulce María Loynaz
No soy una persona nostálgica por naturaleza; todo lo contrario: soy de los que cree que el futuro es ese fuego divino que bien vale la pena robar, cueste lo que cueste, que la felicidad se construye paso a paso y que, como en el amor y en la guerra, también en la felicidad vale todo; sin embargo, algo se apaga dentro de uno cuando las cosas que nos acompañaron toda una vida dejan de estar. Supongo que es el deseo de eternidad o permanencia lo que nos obligue a resistirnos a los cambios.
Ese mismo día, para contrarrestar ese sentimiento, pregunté por los amigos, pero los amigos, como la casa, tampoco estaban. Después de la estampida de los 90, la mayoría de ellos también emigró a otros países. Como el que ordena en su cabeza un caleidoscopio que se resiste, me los imaginé en Madrid, en Venecia de gondoleros o actuando y dirigiendo alguna que otra telenovela en México.

El corazón, si lo sabrá mejor que nadie Carson McCullers, es un cazador solitario. Y yo me sentí extraño en una tierra extraña. En los días que pasé en la isla, los dediqué a hacer nuevos amigos y a leer decenas de guiones que de ser premiados o no, se convertirían después en largometrajes. Intenté adaptarme a esa nueva isla que ya no era mi isla. Mi ventaja frente a Urashima Taro –acaso la única- es que yo había aprendido muy rápido que las cosas de este mundo vienen con una fugacidad otorgada, que nada está destinado a perdurar para siempre. “Estoy modificando el desierto”, decía Borges en un poema en el que el protagonista (¿acaso el mismo Borges?), a unos trescientos metros de la Pirámide en Egipto, toma un puñado de arena para dejarlo caer después, silenciosamente.

Los días en Gibara venían con esa luz tan limpia que todo lo eterniza. Los nuevos amigos hablaban de literatura, de cine y de amor, apostaban por un futuro lleno de sueños. La mayoría se pasaba mensajes de texto, hablaban de celulares, de internet, se conectaban de forma legal e ilegal a través de servidores fantasmas. Mal o bien tenían una visión del mundo que iba mucho más allá de la Cuba rodeada de agua por todas partes que fue mi Cuba. Algo ha cambiado, me dije, y me alegré.

Constaté que ni siquiera en las circunstancias más difíciles el ser humano deja de soñar, y que esa es nuestra tabla de salvación frente al naufragio.

En algún momento comencé a escribir la historia de esa historia: sería una versión muy caribeña -muy cubana para decirlo mejor – del pescador Urashima Taro. Tendría que imaginarme qué pudo pasarle a él por la mente cuando, después de tres días en el fondo del mar, regresa al mismo sitio del que partió para darse cuenta que en realidad habían pasado 100 años, y que todo cuanto él recordaba de su vida y su aldea ya era materia del olvido. No haría yo una disquisición sobre los mundos cambiantes sino sobre el alma que está siempre sobre la punta de una vela. Vivimos así. Alguien o algo nos soplan cerca. El mundo cambia de paisaje. Aceptarlo es un parto difícil pero necesario. No hay que ser un teósofo para notarlo. Mi historia comenzaría poniendo el dedo en mi propia llaga, recorriendo una ciudad familiar y extraña al mismo tiempo. Poco importa si son tres días o cien años.

Carlos Pintado es un escritor, dramaturgo y poeta premiado. Su libro Habitación a oscuras recibió el prestigioso premio Sant Jordi de poesía. En el 2014, o le fue otorgado el Premio Paz de Poesía (Serie de Poesía Nacional) por su libro Nine coins/Nueve monedas ( Akashic Books) premio en el cual Richard Blanco, el poeta inaugural de los Estados Unidos, fue juez. Nine coins/nueve monedas fue incluido por World Literature Today en la lista anual de sus trabajos más notables. Su poema “La luna” fue seleccionado por la Poeta Laureada de Estados Unidos, Natasha Trethewey, para la edición de Septiembre del New York Times Magazine y fue escogido por el Vancouver Poetry House en la lista de los 10 mejores poemas del 2015.

Carlos Pintado 1980

Tomado de: The Heart, That Lonely Hunter

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