#10x10x10

Hoy recuerdo aquel día, unos años atrás, cuando dibujaste a Rapunzel con tiza en el concreto del patio trasero del apartamento donde vivíamos y yo te formé una de las peleas más grande de nuestra historia.  Me acuerdo de la alegría con que entraste a la casa llamándome para que te acompañase afuera, a ver a tu Rapunzel, porque tu sabías que era mi princesa preferida y habíamos visto la película para aquel entonces ya un millón de veces. Y me acuerdo aun mas del orgullo en tu cara de niña: si la cara de tu Rapunzel no era demasiado cercana a la realidad, su pelo si que era inconfundible, una larga melena de tiza amarilla que salía desde frente a nuestra puerta trasera y se extendía hasta el final del patio común, atravesaba la puerta grande de madera que mantenía el patio del edificio asilado de la algarabía de la calle, seguía avanzando en dirección opuesta a la casa, por la acera, a lo largo de la calle lo bastante transitada como para ser peligrosa para una niña sola, doblando a la derecha y estirándose ahora por el frente del otro edificio hasta regresar, dándole la vuelta a la manzana, al punto de partida, el pedazo de concreto justo frente a nuestra puerta trasera.  Tu orgullo crecía a medida que me mostrabas la longitud del pelo de Rapunzel y en mí también crecía algo en la misma proporción, el terror de imaginarte haciendo el recorrido, tiza en mano, con tu inocencia de niña hacia la calle y por los alrededores de un barrio no muy conocido ni tan acogedor como para tratar de conocer demasiado. Años de noticias crueles y devastadoras de niños que estaban aquí mismo ahora y un segundo después han desaparecido para reaparecer con suerte, abusados, muertos, en los lugares mas inesperados se me subieron a la cabeza y de pronto no pude pensar en Rapunzel y su melena magnifica ni en el dulce gesto de hacer algo “para mi” ni en tu creativa interpretación artística. Terror a lo que pudo, a lo que siempre puede me cegó el entendimiento y dio paso a una rabia seca que empezó a salir a borbotones por mi boca y tu allí, inmóvil, en el centro de la tempestad, mirándome con ojos agrandados que parecían decir… pero mira de nuevo, si es Rapunzel, a ti te encanta Rapunzel, es la del pelo largo… no podía ser Rapunzel si no tuviese el pelo largo… tenia que tener el pelo largo mami….No entendías, como podías entender? Pero incomprensión aparte, te quedaste allí mirándome, escuchándome en silencio, y en tus ojos empezó a ocurrir una transformación, y fueron recuperando su tamaño natural, su intensidad natural. Parecías haber develado un secreto milenario, lo que fuera que estaba pasando en aquel momento, era más grande que el momento en sí, más largo que el pelo de Rapunzel, más profundo que el polvo de la tiza amarilla debajo de tus uñas. Era tiempo de esperar, dejar pasar el vendaval, no argumentar o nadar contracorriente. No era ni siquiera tiempo de llorar.

Han pasado años. Mañana cumples 10, el primero de muchos dobles dígitos por venir, Dios mediante (y lo digo con todo el fervor religioso que me gustaría ser capaz de sentir). No pintas ya con tiza en las aceras pero si has acumulado más de esa sabiduría incalculable que cada día me sorprende más, me enorgullece más y me preocupa mas porque muchas veces soy y la que no la entiendo.  Supongo que no debería tomarme por sorpresa, porque me lo has estado anunciando desde muy pequeña, pero te estas convirtiendo en una persona capaz de agarrar la realidad con ambas manos, pelarla como una banana y con la misma naturalidad, separar las partes buenas de las oscuras que van a parar solemnemente a la basura.

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Este año, en vez de un buen regalo de cumpleaños, te he mantenido entretenida con #10x10x10, 10 pequeños regalos, por 10 días, para celebrar tus 10 años. Ha sido un placer pensar a conciencia en las pequeñas cosas que te gustan y darme cuenta de que nuestro tiempo compartido es la mejor parte de mi vida.

Mi niña-muchacha,  mi deseo hoy es que sigas siendo quién eres, o mejor aún, que aprendas a conocerte más y ser más tú, ese canvas limpio de prejuicios y traumas, en el que las incomodidades de la vida tienen, al menos una tonalidad que vale la pena preservar, y con esa pintas, y con esa te quedas.

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