El día que no amaneció

Hoy parece un día sacado de aquel libro de cuentos populares rusos de tapa verde que leímos los niños cubanos de mi generación. Cuentos de magia perversa, brujas hermosas, niños convertidos en pájaros, bosques donde nunca salía el sol, encantamientos tan poderosos que parecían imposibles de romper. Cuentos sobrecogedores de finales cuestionablemente felices. Hoy en el Area de la Bahia la mañana llegó sin sol y creo que la mayoría de los que vivimos aquí pensamos que sería un día como el de ayer, sin sol pero al menos con luz, el cielo extrañamanete pintado de un amarillo naranja que daba la impresión de que el día entero había sido una larga puesta de sol. 

Al Principito le hubiera gustado el día de hoy, porque al Principito le “encantan las puestas de sol”, pensé ayer. No creo, sin embargo, que al Principito le hubiese gustado el día de hoy. A las 7 de la mañana ya atardecía y de ahí en adelante casi cayó la noche. Nunca había visto algo semejante. En las noticias, en las redes, entre los que hablamos no se hablaba de otra cosa, porque era imposible ver otra cosa. No hubiera sido descabellado preguntarse, al mirar por la ventana, si las 11 y media que marcaba el reloj eran de la noche o de la mañana. Los meteorólogos dijeron que los fuegos que han estado quemando a California por más de 15 días habían creado una capa muy densa de humo. Dijeron que el humo es tan denso que ha tapado el sol. Dijeron que es normal, que el cielo enrojece cuando hay fuegos porque las partículas de humo distorsionan la luz de una manera que percibimos más esos tonos del espectro. Dijeron que el humo va a empezar a bajar lentamente y la calidad del aire a deteriorarse, y no lo dijeron así tan claro, pero lo que quisieron decir, es que si ahora está feo, pronto va a estar peor. 

Todos usamos palabras similares para describir lo que veíamos… raro, extraño, apocalíptico, misterioso, escalofriante. Parece Marte. Parece una zona de guerra después de un bombardeo. O una zona volcánica después de una erupción. Parece el final del mundo, el Armagedón, el principio del fin. 

A mí me recordó los hechizos de los cuentos rusos. Casi escuché la voz ríspida del mago o maga de turno, sentenciando, condenando a una eternidad de días sin sol, días que van a ser noches eternas, porque despertamos la ira del espíritu del bosque, el monstruo del lago prohibido, porque cortamos la flor o el árbol divino en un descuido de humano incauto. Y quizás la voz ríspida que casi escuché es la de la naturaleza misma, porque sí hemos cortado la flor y arrancando la hierba, y cortado los árboles del bosque y desplazado el espíritu que solía vivir en él. Hemos secado el lago y gentrificado los alrededores, de modo que ya los monstruos que quedan han tenido que mudarse y moderar su actitud beligerante para pasar desapercibidos. 

Hoy me alegro de no tener hijos pequeños, porque no sabría cómo convencerlos de no tener miedo, de que pueden dormir tranquilos, de que nada se esconde bajo la cama ni en el armario, de que los cuentos son solo fantasía, y los monstruos y los espíritus malvados solo viven en la imaginación y quedan atrapados entre las tapas de los libros de cuentos, rusos en mi tiempo, mucho más coloridos y políticamente correctos ahora. No sabría como explicarles que usar un nasobuco incómodo y mantenerse alejados de sus amigos (o quien no sea la familia directa) es la mejor manera de cuidarnos y cuidar a quienes queremos. No sabría cómo explicarles que el acercamiento empieza a seis pies de distancia, que el humo no es fuego, que los días sin sol son la excepción y que la naturaleza no está molesta sino irritable, que es como se pone mamá cuando después de jugar, ellos no recogen sus juguetes. 

Ahora toca ser de noche y es noche cierta, y por varias horas una capa fina de cenizas cae suavemente y se acumula sobre las superficies planas de la ciudad. Paso el dedo por la parte de afuera del cristal de la cocina y dibujo un corazón. Entro a la casa. Se siente seguro aquí… mas dejo el corazón afuera.

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