Corazones en la Mision

De los 10 corazones con los que salí, ya solo me quedaba uno por colgar. Era colorido, vistoso y lo había pintado un amigo mío. Cuelga mi corazón frente a tu casa, me había dicho con una carcajada, diluyendo con risa la dimension de su verdad. Sonreí  y no dije nada. Pero eso planeaba hacer. Afortunadamente, frente a mi puerta hay un árbol y cuando le colgué el corazón en el tronco, como un collar, me pareció que el árbol, no acostumbrado a halagos, también sonrió.

Los corazones eran parte de un proyecto de arte comunitario, Mission Kiss, en el que participe el domingo pasado. Artistas plásticos de la ciudad plasmaron su definición de beso dentro de una tabla de plywood cortada en forma de corazón. Y luego, los voluntarios como yo, colgamos unos doscientos besos alrededor del barrio, en lugares estratégicos, a la altura de la vista, para que los caminantes los vieran al pasar.

Había besos de todo tipo. Besos filiales. Besos de pareja. Besos interraciales. Besos homosexuales y heterosexuales. Besos humanos y animales. Besos robóticos. Besos entre objetos completamente inanimados. Besos explícitos y besos abstractos. Besos que los caminantes, en efecto, se detenían unos segundos a mirar. Besos que podían ser llevados a casa. Besos que por lo obvio del mensaje de amor que promovían hacían de la cursilería una sutileza y te dejaban con deseos de besar, de amar, de ver más amor en el mundo.

El evento estaba programado para la semana anterior, pero los días sin sol y el aire enrarecido por los fuegos de la temporada no habían colaborado, de manera que se pospuso. Como si hubiese sido una retribución de la naturaleza, el domingo amaneció radiante. Era pleno “verano indio” en el área de la bahía, como se le llama a este corto verano fuera de tiempo, y todos, excepto los adolescentes que por alguna razón extraña seguían usando las mismas capuchas oscuras y de al menos dos tallas más grande, vestíamos ligerezas.

Más temprano ese día había conducido hasta la ciudad colindante, Daly City, a llevar a mi hija que iba a caminar con una amiga y su familia al bosque de las sequoias gigantes. Solíamos vivir en Daly City antes, y así fue como aprendimos que 15 minutos de distancia pueden cambiar tanto el clima que la moda de un sitio puede quedar inmediatamente obsoleta en el otro, que el sol resplandeciente de una ciudad se transforma en niebla intrusiva que avanzaba desde el océano amenazando con tragarse la otra ciudad completa. El chiste de la zona es que la neblina de Daly City es el humo de las ollas arroceras de todos los asiáticos que viven allí.  Y es que es cierto que la demografía es mayormente  asiática. Aun así, es un chiste pobre, y una exageración de las peores.

Sin embargo, aquel domingo era ardiente y soleado aun en Daly City cuando dejé a Daniela, alrededor del mediodía. Ni una nube en el cielo. No había nadie cocinando arroz al parecer. Para el tiempo en que terminé de colgar corazones en mi nuevo barrio de la Misión y regrese  por ella, la densa capa fantasmagórica había descendido ya, y Daly City de seguro no podría verse en una foto satelital. Si no se distinguían las casas a más de 5 metros de distancia no creo que haya habido esperanza de ver mucho más desde arriba. Hace un año ya que no vivimos bajo el dominio casi diario de la niebla, pero el recuerdo de los años en que sí  lo hicimos está fresco como el primer día. El reconocimiento de tanta familiaridad, la noción de que “esto lo viví y está en mi para siempre” fue casi sensorial, y de pronto, además del frio natural sentí nostalgia. Por los días grises que pasé en aquel apartamentico diminuto, donde todo era espacioso y el mismo tiempo increíblemente restringido. Por las mañanas sombrías que se aclaraban como por arte de mágica con solo alejarse 15 minutos en dirección sur. Por las noches espectrales como esta, cuando regresábamos de casa de Lily, donde los almuerzos se volvían tertulias interminables infundidas de juegos de domino, música caribeña que se podía escuchar en el Caribe mismo, y el reto, nunca viejo, de sacarle hasta la última gota a una botella de Habana Club que alguien había traído de la isla para compartirla entre todos, porque hay ideas comunistas que no se disuelven ni con un montón de años de anglosajonadas. Nostalgia por los besos que no pinté en corazones de plywood ni colgué en árboles comunitarios pero que di y recibí en mi esquinita borrosa del mundo, y eran coloridos y vistosos también, aunque los colores quizás los veía solo yo. Nostalgia por la cursilería con la que quería amar y colgar mi amor en todo el árbol que se me cruzara en el camino, para embellecer mi paso y el paso de cada caminante en mi poco glamorosa ciudad. Nostalgia por la voluptuosidad de mi pasión, la intensidad de mi pasión, que era como la niebla de Daly City misma, poderosa, invasiva, admirable y amedrentadora, todo a un tiempo.

Cuando Nathalie, la autora intelectual de Mission Kiss y autora física de muchos de sus besos me preguntó si además de brindarme como voluntaria para colgar corazones no quería pintar alguno, me reí “virtualmente” (hablábamos por texto) y le contesté inmediatamente que no, que no sabía pintar nada, que ningún brochazo mío iba, ni remotamente, a tomar semblante de beso. El domingo pasado, mientras regresaba con Daniela a la Misión desde Daly City, no pude evitar desviarme del camino principal y pasar por frente a mi viejo barrio, mi viejo apartamento en miniatura donde pinté, sin pinceles, superficie o acuarela, el más desprendido de mis corazones, y mi viejo árbol donde lo dejé colgado el día que me mudé.

Hice derecha en Southgate y podía haber manejado con los ojos cerrados de no ser porque el estado de neblina induce inconscientemente a la precaución extrema. Una, dos cuadras. Otra derecha. Ahí estaba la farola impersonal del alumbrado púbico. Ahí estaba la casa con su fachada color ocre. Ahí estaba el árbol y ahí, seguramente seguiría colgado el corazón. Daniela escuchada música  con los audífonos puestos y los ojos cerrados y no se percató del desvío. Por primera vez le di gracias a la introversión y desinterés de la adolescencia. No hubiera sabido explicar que estábamos haciendo allí. No hubiera querido explicar por qué estábamos allí, un corazón doliente buscándose a sí mismo en el último lugar donde se dejó. He mudado mucho de casa. He dejado muchos pedazo de corazones en muchos lugares y siempre me sobrecoge la emoción el pasar frente a ellos, años después y reconocerlos, aun en los arboles donde los colgué. Pero este domingo, la niebla me había jugado una mala pasada y ahora la tenía dentro del carro emborronándome la vista. Había un corazón vistoso y colorido colgado frente a mi nueva casa. Yo misma se lo había colocado como collar al árbol, que había sonreído agradecido.  Sin embargo, esa noche no tenía ojos para él, y estaba allí, a solo 15 minutos de distancia, a años luz de distancia más bien, tratando de divisar aquel otro, que había pintado sin saberlo, y que la tristeza y la niebla densa de un domingo cualquiera en Daly City ahora salvaguardaban de mi.

4 comentarios

  1. Hola Tere, la experiencia fue linda. No creo que sea muy complicado llevarlo a tu ciudad. es cuestion de involucrar a un artista plastico y a partir de ahi ya es solo regar la bola. Me parecio interesante como tantas personas querian participar, pintar, colgar, hacer cualquier cosa. Ya casi no queda ningun corazon en la calle. Los artistas pusieron sus cuentas de venmo en la parte de atras de los corazones y quien quisiera llevarselos a su casa solo lo hacia, y se exhortaba a que hiciera una donacion al artista. Hay a quienes piensan que eso de los corazones parece cursi. Puede que lo sea. Pero a veces hace falta mucha cursileria para ver si mas personas resbalan y caen y de embarran en ella. A este mundo le hace falta mas amor Tere. No crees? Un abrazo y mil gracias siempre por leerme y dejarmelo saber. Cariños, Z.

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