Lo que el agua se llevó

Todos tenemos, a mi modo de ver, una o varias virtudes que sobresalen y definen nuestra identidad. En el caso de mi amiga Yaumary son la intuición y el acierto. Es de esas personas que, dicho a lo cubano, donde pone el ojo, pone la bala. Tiene una sensibilidad poco común para encontrar, entre muchas opciones, el regalo preciso, ofrecer el consejo preciso y brindar la mano en el momento preciso. Y todo con la naturalidad más grande del mundo, como si ser así fuese un don que no requiriese esfuerzo, tiempo, atención y sobre todo, intención extrema. Yaumy, mamita, yo me consideraba detallista, pero desde que te conozco ha quedado en dudas mi autoproclamación. Y lo digo con el orgullo de tenerte en mi vida: ¡cuando sea grande quiero ser como tú! 

En estos años de amistad entre las dos, he presenciado incontables situaciones que confirman estas virtudes. En lo personal, he sido, con frecuencia, el objeto de estos aciertos, y este cumpleaños, el 41, ha sido la verdadera reafirmación. Este año transcurrido estuvo marcado por las cicatrices de una crisis profesional con ramificaciones tan profundas que me han hecho cuestionar el pasado, el presente y el futuro, no solo las decisiones tomadas y el impacto de ellas, pero el por qué de haberlas tomado y lo que tales acciones dicen de mi personalidad, de mi identidad, de quién soy o quien creo (¿creía?) ser. Es sobrecogedor el poder expansivo de una idea negativa. Como nace dentro, muy dentro, o nace fuera, muy fuera y viaja hacia adentro (aún no he logrado precisar la dirección del viaje) y empieza a tomar cuerpo y a hacerte dudar de todo o casi todo lo que considerabas cierto.  En este último año mi desilusión con respecto al trabajo y quizás la tendencia reflexiva que trae consigo el haber sobrepasado las cuatro décadas en esta tierra, me han lanzado en el torbellino de la búsqueda de la identidad extraviada, del ser extraviado en el camino recorrido o quizás en los miles de caminos que se dejaron de recorrer. ¿Era yo más yo cuando contemplaba en mi infancia un futuro como bailarina profesional? ¿O cuando me apasioné por las historias y empecé a escribir? ¿Soy yo más yo en mis intentos de regresar a la literatura que a pesar de los muchos desvíos y desencuentros parece venir con un centro de gravedad propio que me hala y no me deja ir demasiado lejos? ¿Es esa quien yo soy? ¿Quien se resignó a la creencia popular de que “de las letras no se vive” e intentó hacer de las letras una profesión rentable en eo sentido mas popular de la palabra, y estudió un periodismo que nunca ejerció directamente, y estudió Marketing para aprender a vender ideas, algo que no aprendió a hacer con las propias y estudió comunicación porque es la base de las relaciones y “sirve para todo” aunque el final de tan versátil resultó ser increíblemente limitada y estudió UX writing porque en un mundo cada vez más globalizado y digital alguien se dio cuenta que aún son importantes las historias para poder llegarle a esa mar de personas desconocidas que queremos atraer a un círculo común? En este último año me he capacitado ademas como agente de ventas de bienes raíces, un intento más de capitalizar el arte de las palabras y la atracción natural que siento hacia las relaciones interpersonales. Me acabo de licenciar y sé que necesito toda la energía mental y el positivismo del mundo si quiero intentarlo en serio y tener una oportunidad en esta nueva aventura laboral, y sin embargo, los lastres de un pasado en el que mi identidad profesional no se alinea con la personal, han creado un desfazaje en mi campo magnético sacándome, desafortunadamente, de órbita. 

Es así como al umbral de los 41, la sensación constante de inquietud se me había alojado en el estómago, me asaltaba el sueño, me envolvía en un cansancio físico y mental que me duplicaba la edad y se filtraba hacia todos las áreas de mi vida emocional y mis afectos. 

Yaumary ha sido testigo presencial de este torbellino del último año. Sé que sabe más de lo que dice, y que intuye más de lo que sabe, y con esa intuición certera me anunció unos días atrás que el regalo de mi cumpleaños sería un masaje. Pensé, “wow, genial, a relajar el cuerpo… esta niña vale su tamaño triplicado en oro y me quedo corta…” y tal como lo presentí, me quedé corta, porque el masaje no era un masaje cualquiera. Era un spa coreano que se especializaba en servicios tradicionales. Después de media hora en una piscina de agua caliente, nos condujeron a una habitación donde literalmente corría el agua. Yo esperaba solamente un masaje, y si mi corta experiencia con masajes no me permitía imaginar como sería, mucho menos me permitiría imaginar que antes del masaje me aguardaba un exhaustivo tratamiento de limpieza llamado Seshin, que consiste precisamente en eso, ablandar la piel haciéndote sumergir en agua caliente por un rato para luego frotarte vigorosamente todo el cuerpo con unas especies de manoplas y varios jabones exfoliantes con el objetivo de eliminar las capas imperceptibles de piel muerta y suciedad acumulada. Eso lo sé ahora, pero en aquel momento, en un trance de placer capilar y ardor por  la frotación intensa, cuando la masajista me levantó la cabeza para que me mirara los brazos y el pecho que acababa de restregar y me vi cubierta de rollitos negros como si no me hubiera bañado en años, el asombro debe haber sido evidente porque ella empezó a reírse y me dijo en un inglés practico y musical, no worries, everybody is the same

No sé si a todos en realidad le pasa que llevan tanta suciedad acumulada, pero allí, desnuda sobre la mesa de masaje, mientras ella me seguía frotando con vigor, cerré los ojos y me concentré en sentir como me salían las impurezas del cuerpo, como me abandonaban los residuos negativos, como el agua se llevaba las capas de ansiedad, frustraciones, temores, dudas, desamores e incertidumbres acumuladas por 40 años. Allí, con todos los sentidos atentos, testigos de aquella especie de exorcismo que liberaba mi cuerpo y mi mente de tantos desechos, me fui sintiendo cada vez más limpia, cada vez más ligera, cada vez más fresca y viva y abundante y cuando el masaje llegó, y el aroma de los aceites penetrando por mis poros se volvió embriagante, entonces dejé de concentrarme en sentir la transformación y empecé simplemente a transformarme en la versión más depurada de mí misma que podia concebir sin esfuerzo. 

Un tiempo indefinido después, ya limpia y seca y vestida, mientras me colocaba los espejuelos oscuros y cruzaba el umbral de salida hacia el mundo real en una soleada tarde se California, casi me parecía que volaba en vez de andar, cada paso leve, como si caminase entre las nubes. Yaumary no lo supo porque no encontré las palabras correctas para explicarle, (aunque seguro lo presintió ¡ella no necesita de palabras correctas para lograrlo!) pero en aquel momento tuve la certeza de que aquella experiencia era exactamente lo que mi cuerpo y mi espíritu necesitaban. Estaba lista. Para traspasar con ilusión la línea exacta de las cuatro décadas; para dejar atrás lo que no funcionó sin covertirlo en el plano de un problema incorregible; para asumir el reto de un nuevo año fiscal (junio-diciembre) y de un nuevo año… estaba lista para apostarle a un futuro igual de incierto pero inesperadamente excitante que, no me había dado cuenta, pero desde ya, promete. 

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