galería Trillando La Habana

Como todo buen guajiro que va a La Habana, la foto frente al Capitolio y el Payret no podía faltar. Mi tío Homero, sonriente, se encargó de tomarla, poniendo fin a unas buenas horas de paseo por esa Habana que a diferencia de Eusebio Leal, yo había andado muy poco.

A pesar de vivir relativamente cerca de ella, mis visitas a La Habana estaban siempre marcadas con un inequívoco propósito. Se iba a La Habana porque allí estaba el aeropuerto de donde salían los vuelos a Santiago de Cuba primero, a España después, y luego a Cancún y a Miami. Se iba a La Habana porque íbamos a ver a la familia, o acompañar a alguien a un turno médico en el Ameijeiras, o el Frank País, o la Liga Contra la Ceguera, o a buscar una visa a la embajada. La inmovilidad que se vive en Cuba, causada por la realidad de un pésimo e insuficiente sistema de transporte, hace muy dificil, casi imposible, los viajes de placer y por esa razón, muchos, y me incluyo, no conocemos la isla.

Mis viajes de placer a la capital -excepto uno que hice con mi tía, ya adolescente yo, en el que aprovechamos para quedarnos unos días más de lo necesario y zapatear La Habana vieja- no son más que un grupo de recuerdos difusos de mi niñez. Algunas fotos sobrevivieron esos años de la década del 80 en los que mis padres me llevaron de paseo al zoológico, al Parque Lenin y al acuario. Aparte de eso, La Habana y yo hemos tenido una relación muy vaga y distante.

En este viaje a Cuba decidimos ir a La Habana. Fue un viaje corto, marcado por algunos avatares pero muy placentero en general. Pude reunirme con tíos y primos que no veia desde pequeña y que me llevaron, como buenos guías de turismo, por una ciudad mágica, vibrante, contrastada y jubilosa que solo conocía por referencias. No soy experta en ciudades ni mucho menos, y mucho me falta para poder decir de La Habana, “yo conozco esta ciudad,” pero descubrí en ella una cercanía tibia, una sensación de pertenencia que tenía más de bienvenida que de resentimiento por los años de retraso. Y aunque no creo que La Habana necesite de nadie en específico para existir, si creo que yo necesitaba de La Habana para sentirme un poco más de casa.

Aquí les dejo algunas fotos de este pequeño trillo de la ciudad que recorrimos, un trillo breve, que me dejó con el sabor dulce amargo del que no se conforma con solo probar, pero un trillo necesario y mío al fin y al cabo. Espero que las disfruten.

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