Recordando el por qué

A veces se me olvida. Me dejo llevar por los avatares del día a día que tanto se confunden con monotonía, y lo más cerca que rondo de la literatura es cuando me voy a la cama acompañada de un buen libro, o de un libro debería decir, porque para mí todos (o casi todos) los libros son buenos.

A veces se me olvida y consumo palabras sin producirlas, y no es hasta que se me enquistan en la garganta, la cabeza y los dedos, no es hasta que siento como se me entumecen las coyunturas y se me reseca la voz, que me doy cuenta lo lejos que estoy, lo lejos que he estado.

Así me siento al escribir también….Foto tomada de la página Somos Panditas.

Le escuché a Facundo Cabral hace unos años, que cuando después de que García Márquez ganara el premio Nobel los periodistas le preguntaron a su madre qué pensaba del éxito de su hijo, ella dijo simplemente que de literatura no sabía nada, pero que su hijo debía tener muy buena memoria porque todo lo que escribía eran cosas que le habían contado. 

Si pienso en esto hoy no es porque me atreva a asociarme con García Márquez, sino todo lo contrario. Si pienso en esto hoy es porque a veces me falla la memoria y se me olvida por qué escribo, para qué escribo. A veces me toca recordarme a mí misma los motivos, como si la memoria o la desmemoria no fuesen en sí razones suficientes. Entonces pienso que escribo porque quiero recordar y quiero que otros recuerden, no necesariamente mis historias, sino las propias, esas que todos llevamos dentro y que muchas veces solo salen a la luz siguiendo el pie forzado de las de otros, encabezadas por un “yo también” cuando en realidad son impares, vivas, irrepetibles.  

Uno de mis más grandes placeres al escribir es cuando alguien lee una historia y me cuenta algo que mi historia le ha recordado…sobre esta persona, aquel viaje, esos miedos, aquellos sueños. A veces se me olvida, pero a veces también recuerdo la increíble alegría que me producen esos momentos de retroalimentación.  Entonces entiendo que escribo con la esperanza de lograr historias que a su vez logren eso: ser leídas, olvidadas y reemplazadas casi instantáneamente por historias personales que crecen para ser contadas, perpetuando así el proceso eterno de la creación, garantizando que cada noche podamos irnos a la cama con un libro para amar.

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