Carita feliz

IMG_0053Esa noche, de camino a la fiesta, le dibujó con un bolígrafo negro que encontró en la guantera del carro una carita feliz en la palma de la mano. Le sonrió, como en los tiempos simples de la infancia cuando mandaba papelitos a aquella niña de su clase preguntándole si quería o no ser su novia. Ella le devolvió la sonrisa, ruborizada de pronto, como en aquellos tiempos se había ruborizado también cuando la invitaron a quedarse retrasada después del timbre de las 4:20, para robarle a la ilusión unos besos apresurados e inexpertos en el quicio de la escalera que daba a las canchas.

La noche estaba inusualmente cálida y una brisa que olía a mar cercano los encausó entre la muchedumbre, hasta el sitio donde a pesar del martilleo persistente de la música en vivo se sintieron resguardados de todo, juntos, solos en un mundo donde un ciento de personas quedaban reducidas a telón de fondo. Sin embargo, e inevitablemente, como suele suceder en las noches cálidas de ritmos electrizantes, el bullicio terminó por abrir una brecha entre los dos, y ya no podían verse, sino que se adivinaban en algún lugar de la estancia, aún con la ilusión de estar cerca, cuando la realidad apabullante era que la distancia era infranqueable. Y así pasaron la noche, regalándose al inminente y contagioso fulgor que emanaban otras luces, otras conversaciones, otras distracciones, otros cuerpos.

No fue hasta tarde, cuando la brisa ya no olía a mar y era un gélido ulular que calaba los huesos, que se reencontraron y se miraron a los ojos. Quisieron decir muchas cosas, y muchas cosas dijeron, pero ya no hacía falta. En la mano de ella, húmeda de sudores ajenos, solo quedaba un vago trazo de la carita feliz que les arrancara a ambos la más linda de las sonrisas de la noche. En la de él, la tinta del bolígrafo se había dormido y ya no fue capaz de reproducir el milagro. Se dijeron adiós sin sonrisas, sin rubores, sin ilusiones de amores infantiles, como dos extraños que por un breve momento habían logrado llegar, sin saberlo, al sitio exacto donde una persona se encuentra en los ojos de otra y el tiempo cumplido se vuelve eterno.

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