Los fines de semana largos, el calor y jugar con agua

No sé si a otros les pasa, seguro que sí, pero me cuesta un poco “relajarme” y disfrutar los fines de semana largos. Como son pocos y menos aún los que son para mí, a la vez, libres y pagados, pintan como la oportunidad perfecta para unas mini vacaciones. En los días previos al fin de semana largo, el OCD de mi wanderlust se dispara y aun cuando sé que las finanzas del mes no lo soportaría, no puedo evitar meterme en un montón de páginas de viajes y revisar destinos cercanos y promociones de último minuto. Termino convenciéndome que no vale la pena el gasto, que los precios de todo siempre se disparan en fines de semana largos, que al final la razón inversión-tiempo deja mucho que desear y poco a poco, más resignada que otra cosa, la tentación de seguir mis impulsos medio que se me pasa.

A este sentimiento invariablemente  le sigue otro, el del explorador local. Quizás en vez de dejar la ciudad sea mejor idea disfrutar la ciudad. La búsqueda se traslada entonces de páginas de viajes a otras locales donde promocionan un sinfín de “cosas para hacer” en la ciudad y sus alrededores, películas gratis al aire libre, actividades para niños o festivales de las más disímiles nacionalidades (para que tengan una idea, este fin de semana en el área de la bahía se celebra un festival polinesio, uno portugués, uno libanés y por si no hubieran suficientes, uno del medio oriente). Por lo general me debato entre varias opciones y cuando me doy cuenta, tengo los tres días del fin de semana largo atiborrados de actividades que realmente no tengo 100% deseos de hacer, me atraen ligeramente, pero no “me matan”; sin embargo, me parecen una mejor alternativa a no hacer nada. Y es que la posibilidad de simplemente no hacer nada parece una pérdida de tiempo cuando se tiene tres días completos para aprovechar.

Después de un rato terminó llamándome a contar y trato de convencerme que no “tengo” que hacer nada. Que tres días libres son la oportunidad perfecta para leer, escribir esa historia que me esta dando vueltas hace varios días, organizar el closet (algo que llevo meses por hacer) o simplemente sentarme a ver una película intrascendente de adolescentes en crisis porque no son populares de esas que ya ve Daniela. Pero no es hasta que le presento mi horario para el fin de semana y le veo la cara de consternación y de “for real, salir a hacer nada?” que me doy cuenta que se me ha ido la mano.

Este fin de semana largo ha coincidido con una ola de calor que ha roto récords en el área. San Francisco, que por lo general es sinónimo de anda siempre con un abrigo puesto y otro en el bolso, por si acaso, especialmente en verano, hirvió ayer a casi 100 grados fahrenheit, mientras otras zonas de la bahía reportaron de 103 a 106. En un día como ayer, mis ambiciosos planes de exploración local fueron recibidos con cero entusiasmo, y hasta yo misma tuve que admitir que no hacer nada era lo mejor que podíamos hacer.

Aun así, y quizás porque finalmente me dejé llevar por el día y cuando uno no caza las cosas, estas simplemente pasan, terminamos pasando un rato genial, tirándonos agua una a la otra mientras le dábamos al carro una muy necesitada lavadita, y empapándonos completamente luego, mientras jugábamos con la familia vecina a disparar pistolas de agua, y cuando esto no fue suficiente, agua directamente de una manguera. En un día de fin de semana largo, con tantas opciones y oportunidades al alcance de la mano, me sorprendió encontrar diversión en el más libre de tecnología y clásico de los entretenimientos, el de jugar con agua.

Este post no tiene foto. No una tomada por mí, como es mi costumbre. No se me alumbró el bombillo. Como diría mi amigo Ernesto Perez (que siempre se ríe de mí porque soy pinareña y por voto popular, medio tonta, mientras él es un habanero acérrimo, autodenominada clase superior del intelecto humano, ja) ¡que más se me va a pedir! Pero lo cierto es que inmortalizar el momento no era algo que estaba en la mente de ninguno de los presentes. Los niños porque son niños, y los adultos porque por un rato, nos dejamos llevar y fuimos niños también.

Aún quedan dos días de tres y aunque me gustaría decir que ya se me pasó la ansiedad, debo admitir que no del todo. Alguito sí, la prueba es que hoy nos hemos levantado tarde y sin agenda a seguir. He encontrado además una buena manera de sentirme mejor, echarle la culpa a terceros, en este caso al que “inventó” los fines de semana largos. Tanta fama, tanta expectativa, y al final, terminan siendo, como dicen en Cuba, más rollo que película, demasiado cortos para creerse tan largos.

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