Un largo trillo sin letras

Me ha tomado 11 meses comenzar esta historia sin final. En realidad, me ha tomado casi 11 años. Desde que puse el punto final a aquella otra historia sobre mala suertes y vidas que, aunque tenían mucho de mí, no eran mías. 

Érase una vez una niña que jugaba a contar historias. Una niña que, sin saber escribir, se pasaba horas tirada en el piso del portal grande (en aquel entonces la casa tenía dos) dibujando las letras que veía en los libros de cuentos en una hoja en blanco, practicando letra de molde sin saberlo, trazando aquellas figuritas singulares que decían tanto cuando sus adultos las entonaban, pero que, a ella, curiosamente no le decían nada. Otros niños, su amiga Fabiola por ejemplo pintaban paisajes, retratos, objetos de su imaginación. Fabiola parecía haber heredado el talento de su papá para la pintura y era capaz de sacarle magia a los lápices de colores. Ella no tenía ese talento, pero tampoco lo envidiaba en aquel entonces. No era consciente de lo que significa el talento, no se sentía presionada por demostrar y no le ocupaba otra cosa que jugar. A diferencia de Fabiola con su talento innato de pintora, ella pintaba letras tan despreocupadamente, que ni siquiera recuerda haber tratado de conectar el garabato al sonido y el sonido al significado. Pintaba letras por pintar. 

Érase una vez una niña que finalmente aprendió a leer y aprendió que pintar letras no se llamaba pintar sino escribir y que lo que antes copiaba en su papel se llamaban letras y que formaban palabras y oraciones y estas iban tan lejos que hasta formaban historias. Fue una noción fascinante. Y fue así como aquella niña empezó a querer escribir sus propias historias y las historias que veía a su alrededor y que le daban sentido a su mundo. 

Después vinieron los años en los que aquella niña aprendió los rudimentos de la escritura y el significado de la palabra talento o al menos lo que parecía ser el significado. Alguien le dijo, sigue escribiendo, se te da bien, lo haces bien y el estímulo le provocó un vuelco en el estómago. La emoción y el miedo empezaron a entrelazarse y poco a poco ya no era cuestión de escribir sino de escribir bien, no era cuestión de musa sino de talento, no era cuestión de talento sino de aplicación. Y pasaron los años y pasaron los libros por sus manos, sagas de otros que si contaban sus historias o las historias que veían a su alrededor y le daban sentido a sus mundos. De otros que se atrevían, que encontraban la forma. Y la niña creció y dejó de escribir por simple amor al arte porque ahora tenía, debía, escribir por amor a la profesión en un mundo donde se contaban las palabras y se monetizaba el tiempo y el esfuerzo. Empezó a alejarse de las letras que una vez dibujó porque la vida era demasiado real para jugar a la literatura. Si no podía, si no tenía tiempo o talento o aplicación para hacerlo bien era casi mejor no hacerlo. Y a pesar de los consejos de los expertos, escribir cualquier cosa, solo para romper el hielo y entrar en confianza, aunque luego fuera desechable, ella no podía permitirse semejante pérdida de tiempo. Y claro, como cuando al sentarse lo que salía de su lápiz no eran ni remotamente creaciones García Marqueses, la matemática iba quedando clara: talento, esfuerzo y éxito en el mundo de la literatura para ella no eran proporcionales.

Érase una vez una niña a la que le gustaban tanto las letras que las pintaba y cuando creció se tomó tan en serio el conquistar la profesión que se le olvidó lo divertido que era solo dejarse llevar y cohibida por la dificultad y el esfuerzo que hubiera significado asumir públicamente un compromiso con las letras, temerosa, en resumen, a fracasar, se convenció de que era mejor no intentarlo. Leer a otros valientes era mejor, mucho más fácil y menos arriesgado. 

También olvidó, o pretendió olvidar que escribir era para ella una forma de respirar. De exhalar el exceso. De voces, que hacían sus sueños ruidosos. De ideas, que le impedían concentrarse en un objetivo definido porque todo le parecía posible y el que mucho abarca, como dice el dicho, poco aprieta. De emociones, que hacían catarsis en formas erráticas y desproporcionadas. 

Con los años y de aguantar tanto la respiración se le volvieron crónicos ciertos males, como la apretazón en el pecho, el salto casi perenne en la boca del estómago, la sensación de patadas de caballo en las sienes que la mandaban para la cama de tiempo en tiempo con los ojos tapados para evitar la luz. Siempre había causas para justificar los males y por supuesto siempre eran justificados. Y entonces, al umbral de las cuatro décadas, escucho una entrevista con Isabel Allende, una de las autoras a quien más fielmente seguía en el mundo y decidió, aunque sin mucha vehemencia, que aquella entrevista iba a cambiarle la vida. 

La Allende hablaba de su trayectoria como escritora, que había comenzado, con seriedad, precisamente a los cuarenta años porque según ella, a esa edad finalmente había podido reclamar un tiempo para ella misma. Antes había estado ocupada en criar a sus hijos, en cuidar su familia, en quehaceres mundanos y repetitivos que en nada se acercan al glamur de la creación literaria que vive hoy. Fue un momento fortuito. Ella al umbral de los 40 podía aún cambiar el curso de su historia y reclamar su espacio en el terreno de las palabras. Eso haré y así será, se dijo aquel día. Compró una libreta nueva para empezar de cero, un lápiz mecánico con una caja nueva de grafito de 0.05 mm para que nunca le faltaran los trazos, pensó en los trillos que andaría en busca de inspiración y cerró los ojos imaginándose ya el encuentro con aquella musa elusiva y caprichosa que ya en un TedTalk había descrito Elizabeth Gilberts. 

Han pasado casi 11 meses desde entonces. Me ha tomado 11 meses comenzar esta historia que no tiene principio ni destino final, aun recordando a diario la promesa que me hice a mí misma y sin atreverme a abrir la libreta, gastarle la punta al lápiz o recorrer ninguno de los trillos que inspirarían mis trazos. Paralizada una vez más por la presión del no lograrlo, por el miedo a enfrentar la posible realidad de que el escribir nunca haya estado en mis cartas, he dejado pasar demasiados días. En un derroche de indulgencia me convencí de que para que mi regreso a la literatura fuese más dramático, para estar a la altura de la Allende, iba a esperar al día antes de mi cumpleaños 41 para comenzar a escribir esta historia. En el último día de mis 40 comenzaría a escribir de nuevo y ya no dejaría de hacerlo nunca más, porque estaría lista para hacer de la inclinación una rutina, de la rutina una vocación, de la vocación un arte. 

Eventos curiosos han pasado en estos 11 meses. El audio libro más reciente que escuché, The signature of all things de Elizabeth Gilberts, mencionaba la teoría de que una sabiduría universal conocida con el mismo nombre, “la firma de todas las cosas”. Según la historia esta sabiduría se esconde en la forma de las plantas, en cuya forma están las claves para que los humanos fuésemos capaces de descubrir el uso medicinal de las mismas, y de esa forma reconectarnos con el poder divino universal. Partiendo de esta idea y entretejiendo una analogía más humilde y personal, he observado objetos y situaciones a mi alrededor ser portadores de señales que han aparecido para recordarme constantemente mi auto promesa. Como migajas de pan señalando el camino, así han llegado a mí, obligándome a prestar atención, aun cuando en apariencia, yo seguía de oídos sordos. 

Primero fue mi instructora de yoga favorita, que llevo siguiendo religiosamente por unos 6 meses, repitiendo al principio de cada clase la importancia de exhalar, en cuyo ejercicio está el poder restaurador de la respiración. 

El poder de exhalar alcanzó una dimensión nueva cuando un día cualquiera me reencontré de casualidad con la obra de un artista gráfico que se hace llamar “The Oatmeal”. Un animado sobre la creatividad y la respiración, que dice que, aunque hay que encontrar un balance entre “inhalar” (consumir información) y exhalar (producirla) cuando uno crea algo está exhalando. 

Un día, de la nada, apareció una nueva aplicación en mi teléfono, modesta y discreta llamada “Journal” que me envía notificaciones y recordatorios invitándome a reflexionar sobre el día transcurrido, haciendo referencia a alguna foto que tomé, conectándola a algo de cierta forma memorable que hice. Yo no había descargado esa aplicación. Cuando digo que apareció de la nada, lo juro. ¿Quizás mi hija lo hizo por alguna razón? Tiene la mala costumbre de cambiarme la organización de las apps, moverlas de sitio, subirle o bajarle el brillo a la pantalla y ya hemos tenido varias broncas por esa gracia que no me resulta graciosa. Esta vez no he querido preguntarle si lo hizo. Me lo explique a mí misma como otro episodio fortuito. 

Finalmente llegó el primero y más sencillo de todos los consejos para manejar el tiempo. Llevo meses obsesionada como el resto del mundo, en aumentar mi productividad. Que hacer para hacer más en menos horas. Para ser más efectiva. Más intencional. Mas, más, más…. He visto al menos una docena d vídeos que sugieren una docena de tácticas cada uno, pero la primera, la más nociva u al mismo tiempo, la más vital, es escribir las cosas que tenemos ocupando espacio en nuestra mente. Ponerlas en papel. Sacárnoslas de adentro. Y regresar a ellas, con intencionalidad y darles seguimiento a su debido tiempo. 

Era como si el universo estuviese hablándome directamente, obligándome a mirar la realidad a la cara, para que no pudiera ignorarla más. Debía comenzar a escribir esta historia. No una historia con propósito y tema definido. No una historia con trama preconcebida o personajes con personalidades a desarrollar. No una historia para cambiar vidas. Ni siquiera una historia para cambiar mi vida. Simplemente debía comenzar a escribir esta historia, la poco pretensiosa acumulación de palabras y letras pintadas en la pantalla con el propósito único de ayudarme a respirar, a liberarme, a reencontrarme en el acto emancipador de hacer algo simplemente por placer, sin más intenciones o agenda. Me he debatido entre sí dejar estas elucubraciones al margen de la luz pública. Porque sin dudas son solo mías y no pretendo que ningún lector las encuentre y mucho menos las lea y las acepte. Pero he llegado a la conclusión de aún en mis días de escritura más proliferes, los lectores de esta página no han pasado de la veintena (las estadísticas no mienten) y de dar con esta historia sin pie ni cabeza, sin principio ni final, de encontrarse por casualidad con este ejercicio personal de hedonismo y simbiosis, sabrán perdonarme y no guardarme rencor. Espero que exponer esta historia a la luz pública y a los recordatorios automáticos de la tecnología me sirva para revivir el hábito que nunca creé de escribir con frecuencia y exhalar, para compensar por una adultez de vivir mayormente inhalando, para volver a sentir la paz que sentía de niña mientras ajena a connotaciones y significados, pintaba letras en un papel. 

Un comentario

  1. ¡Qué bueno que has regresado al trillo! Escribes muy bien, todavía me acuerdo de tu novela, y mira que he leído y reseñado libros desde entonces. Pero algunos, como Mala suerte de mi vida, permanecen con los lectores por años.

    Ojalá mi pequeño mensaje sea una de las señales que te animen a seguir escribiendo. No necesariamente para el blog (aunque por supuesto me encantaría leer la historia aquí) sin en forma de manuscrito publicable como libro. ¡Dale!

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