Habia una vez, una puca…

Cuando mi hija tenía dos años, ya hablaba más que una cotorra. Tenía un vocerrón que no le pegaba con el tamaño y el vocabulario mixto de los niños que nacen en ambientes bilingües donde las abuelas cocinan arroz con picadillo, pero la influencia de Mickey Mouse Clubhouse es muy fuerte. Por aquellos tiempos le dio por decir que sus animales favoritos eran (en ese orden), la zebra, el caballo y la puca. La zebra y el caballo no eran cuestionadas pero la puca nadie sabía lo que era. Todos le preguntábamos más, que cómo era la puca y ella la describía como un animal grande, de mucho pelo y que hacía agggrrrrr, un gruñido que en la puca debía haber sido feroz porque enseñaba dientes y todo pero en aquel pedacito de niña era para morirse de la risa. 

¿Dónde habrá visto o escuchado eso? Pensamos. Debe ser alguna traducción de algún personaje de una animado. Pensamos. O su imaginación. Y la puca, como el caballo y la zebra fueron dejando de ser objeto de conversación.

Ayer, 13 años después, mientras manejaba a una niña que cuido en las tardes a una de sus clases después de las clases, cuál no sería mi sorpresa al escuchar en una de las historias de un podcast de fábulas del que ella gusta, una historia de la puca. Me sentí como si una ola de ternura me hubiese envuelto. O como si la ternura me saliera de adentro, calentándome el alma y el cuerpo. La puca era una especie de cabra peluda que había sido humana en algún momento y fue convertida en bestia mediante un hechizo, como castigo por haber sido indolente y vaga, despreocupada, irresponsable e irrespetuosa. No entendí muy bien el contexto en el que la puca antes de ser puca había cometido tantos agravios, porque lo cierto es que no logre concentrarme en la historia. En vano traté de enfocarme en las palabras. ¡Finalmente, la puca! Pero mi cabeza estaba lejos, demasiado lejos, trece años lejos para ser exacta y no estaba más conduciendo por una calle repleta de carros, ni escuchado un podcast con Sofi. Allí estaba mi pequeña con sus tres deditos regordetes levantados contando sus animales favoritos, creando suspenso al acercarse al tercero, pronunciando el nombre de la puca con deliberación, saboreando el sonido, disfrutando por adelantado la reacción de sorpresa del interlocutor. Como ocurre tan a menudo cuando los niños dicen algo gracioso, los adultos se lo contamos a otros adultos y tratamos de hacer que el niño repita la historia o el chiste y le damos atención y creamos alrededor del momento todo un acontecimiento memorable que muchas veces, al menos por un tiempo, los niños también disfrutan. Mi pequeña disfrutaba el espectáculo. Lo había repetido ante todos los miembros de la familia, lo había perfeccionado, lo disfrutaba tanto como como lo disfrutábamos nosotros. El recuerdo de la carita infantil de aquellos años cómicamente desfigurado para hacer el gruñido de la puca es la mejor definición de nostalgia que ya pude sentir. Si estirase la mano hubiera podido tocar su cabecita, su pelito amarillento y liso como el de nadie más en la familia amarrado en dos motonetas desgreñadas, una más alta que la otra. Si le preguntase más de la puca me miraría con aquellos ojos achinados y comiquísimos que esperaban el pie forzado para continuar el resto de la actuación. Y si terminado el espectáculo en medio de la risa y los aplausos abriese los brazos, ella vendría a mí y se me pegaría al cuerpo, y yo sentiría su corazoncito batiendo contra mi piel y el calor de su respiración en mi cuello. Gracias puca, por existir. 

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