Un asesor financiero que escucho a menudo suele decir que al que no ha construido nada no se le deben permitir críticas constructivas. La frase me parece ingeniosa y quizás porque en el tema de la literatura he construido poco y me siento aludida, o por un problema de solidaridad con los constructores del género, no acostumbro a “criticar constructivamente” a los escritores. Ni cómo camarada de oficio, ya que me consta lo difícil que es serlo, ni cómo lectora, ya que son pocas, muy pocas las historias que para mí carecen de interés. Por eso cuando mi pareja me pregunto si había leído a Colleen Hoover, a quien había escuchado catalogar como la más famosa bestseller de estos tiempos, y mi hija la definió con esa facilidad verbal que poseen los adolescentes para criticarlo todo constructivamente como una escritora de Wattpad, pensé, ¿por qué no? y de inmediato busqué uno de sus audiolibros más recientes.
Conocía a Colleen de nombre. He visto sus portadas por todas partes. Sabía que era famosa. Pero no conocía nada más. No leo escritores de moda. O bestsellers. O clásicos. O sí. También leo libros que están a la moda, bestseller y hasta clásicos, aunque solo de vez en cuando. En realidad, escucho más que leer últimamente, pero leo-escucho cualquier género, sin mucha exigencia. ¿Colleen? ¡Claro! ¿¡Por qué no!? Sin detenerme en leer reseñas le di play a “Los mil pedazos de mi corazón”, la historia de una adolescente deprimida (que no sabe que está deprimida) parte de una familia bastante disfuncional que en un momento de impulsividad revela un montón de verdades que ha estado escondiendo por años y se intenta suicidar, creando un caos general que arrasa como un incendio, pero de cuyas cenizas, como el ave fénix, renacen convertidos en una mejor familia. Me devoré el audiolibro en dos días, pero sin ánimos de criticar constructivamente, debo confesar que no adore la historia ni el storytelling. A falta de otra cosa que decir, me pareció un poco simplista, aunque eso si, muy entretenido. Es uno de sus peores libros me dijo mi hija. Debías haber empezado por “Romper el círculo”. Game on!
Romper el círculo cuenta la historia de una joven que presenció las agresiones físicas cometidas por su padre contra su madre y que, a pesar de crecer hipersensible al tema de la violencia doméstica, llena de rencores, opiniones y sentimientos al respecto, se encuentra a sí misma víctima de un marido violento y perpetuando el círculo del abuso, el arrepentimiento y el perdón. Pero más que el hecho de que la muchacha haya sido capaz de romper con su propio círculo lo que más me conmovió fue el epílogo, en el que Colleen revela que la historia es la de su madre y la de ella misma, viviendo o aprendiendo a vivir con las consecuencias que el círculo de la violencia trazan en quienes la sufren en cualquiera de sus ramificaciones.
Escuchar el epílogo me conmovió profundamente. Y más allá de las palabras ciertas o inciertas, más allá de las posibles cursilerías y generalizaciones en el storytelling, la historia se me fue metiendo dentro. Las aparentes contradicciones del personaje central, sus razonamientos y la internalización de la violencia me llevaron sin que me diese cuenta por un camino de reflexión introspectiva. Si al comenzar el libro me sentía despegada de la historia y daba gracias al cielo por nunca haber tenido semejantes vivencias, ya al final tal separación no me parecía tan clara. El círculo de la violencia es indescriptiblemente difícil de romper entre otras muchas razones porque es inmensurablemente difícil de reconocer. La mayoría de los episodios, vistos en contexto, ni siquiera parecen violentos sino la reacción entendible ante un conflicto cualquiera. ¿Porque quien puede decir que empujarte contra la pared con la mano oprimiendo tu cuello no es solo frustración e impotencia? Si puede leerse en la cara, en los dientes apretados, los ojos sin expresión, crueles, encarándote y al mismo tiempo tan lejos de ti, reviviendo sabe dios que situaciones a las que está le recuerda. No es violencia cuando te agarran por el pelo para obligarte a mirar de frente, a responder las preguntas que te están haciendo porque en realidad tú fuiste la que perdiste el control primero y empezaste a gritar en vez de conversar mesuradamente y es que no sabes cómo tener una conversación en este momento cuando todas las palabras te acorralan, todas son usadas en tu contra, todas significan más o menos de lo que deberían, y nunca son la palabra exacta. No sabes qué pasa, cómo pasa, si tú no eres así, cómo fue que te transformaste y tu mano abierta fue a estrellarse contra la cara ajena y tu puño contra el pecho ajeno y para ser honesta contigo misma, fue más porque querías hacer daño, que sintiera lo que estás sintiendo, que le doliera tu rabia que para defenderte. No es violencia si buscas con la mirada, como para localizarlos, los objetos contundentes en la habitación. Es solo para encontrar apoyo emocional en ellos, muchos objetos pueden usarse con ese objetivo, dar confort con su presencia. Violencia sería usarlos. Violencia sería planear usarlos. Pero mentalmente calcular la distancia que te separa de las escaleras no es violencia… No es violencia “necesariamente” porque no pasa todos los días, es algo raro, es cuando no se logran controlar las emociones, cuando la sangre se calienta… pasa porque no se quieren dejan las cosas así, sin resolver, no se quiere dar la espalda ni siquiera para dejar enfriar las cosas. Pasa porque nos quedamos a resolver los conflictos, pasa porque nos importa tanto resolver los conflictos que no podemos concebir el dejar las cosas así ni siquiera por un rato. Pasa porque nos importamos.
Mucho se habla hoy de relaciones tóxicas y temo que con la democratización del término se va perdiendo el cuidado, el sentido de peligro y de alerta. La presencia de conflictos no hace las relaciones tóxicas pero un patrón de reacciones descontroladas son un buen indicio. ¿Y entonces? ¿Por qué parecemos no detectarlas y ponernos a salvo? ¿Porque los que conocen violencia no consideran violencia lo que les sucede si no es igual de desmesurado que lo que presenciaron? ¿Porque violencia es “aquello” y no esto que estamos viviendo ahora? ¿Porque los que no crecimos presenciando violencia no podemos imaginar lo que puede llevar a alguien a cometerla y mucho menos a alguien a soportarla y cuando la presenciamos en primera plana no queremos aceptar ser parte del círculo? No faltan las excusas, las razones, las interpretaciones circunstanciales y al final del día no queremos que en nuestra historia figure que somos personas violentas o violentadas. Es mejor pretender que no te duele el cuello, que no te pica la cara, que no tienes la respiración entrecortada, que no se le acaba de abrir una grieta nueva a tu corazón. Lo más agresivo de la violencia domestica es la sutileza perniciosa con que infecta, con que encuentra una rasgadura en la piel y penetra y se enquista y destruye no solo el cuerpo portador sino el círculo de cuerpos que lo rodean. Y como buena infección, no muere fácil pero fácilmente mata.
No sé si Colleen Hoover es buena escritora o no y mucho menos si “Romper el círculo” es una buena novela o no. Lo que sé es que mientras la escuchaba olvidé la ficción y recordé la vida real, y fue como si de pronto resonaran juntas las voces de muchas mujeres contando sus historias, invitando a quitarse las máscaras, a auto juzgarnos menos, a entendernos más, y a compartir una vulnerabilidad tan infecciosa que no me permitió a mí misma el simple privilegio de limitarme a escuchar. Y entonces… escribo.