La paz, como el amor, también entra por la cocina

Hay días así, en los que me entra, de pronto una necesidad extraña de llorar. Supongo que nos pase a todos. Quizas hasta empiece de forma semejante, con una apretazon en el pecho, una inquietud en las manos y en la mente que de pronto no saben qué hacer ni en qué enfocarse, una niebla en los ojos que llevan a un pestañear intenso como si los párpados fuesen un par de limpia parabrisas que tratan de secar la humedad de los cristales de un auto en movimiento y devolver la visibilidad. Hay días así en los que no importa de qué se hable, todo suena nostálgico, profundo, entristecedor. Días en los que nada parece poder tomarse con levedad. Días en los que podemos ser más densos que las rocas y más vulnerables que la piel quemada por el salitre y el sol. Hoy fue un día de esos. Tengo problemas para disfrutar el ocio. Muchos años de vivir bajo las presiones del primer mundo mientras se cargan las presiones hereditarias del tercer mundo están pasando factura y aún cuando en teoría deseo y ansío la paz, la tranquilidad, el no tener nada que hacer, en la práctica no sé qué hacer cuando hacer no es lo que se precisa. El concepto de la relajación plena es casi tan ajeno para mí como lo es acallar la mente y la tan aclamada idea de estar presente en el presente. Practicar yoga, lo más cercano a estos preceptos a lo que me logrado acercar, es una línea en mi lista de quehaceres diarios. Y nada me resulta más incómodo e innatural que intentar relajarme cuando mi mente corre a mil revoluciones por minuto y mis ojos se empañan constantemente sin que el parpadear compulsivo me devuelva la visibilidad. 

Hay días en los que cedo a la necesidad de llorar y me siento a ver un buen drama (sobrentiéndase «Cinema Paradiso») hasta que termino con los ojos hinchados llorando hasta con los créditos de la película. Me gustan esos días porque de cierta manera soy más honesta conmigo misma y más amable y le doy a mi cuerpo lo que mi cuerpo pide y porque al final de la catarsis, me siento expurgada y extrañamente tranquila. 

Otros días, como hoy, cuando mi mente corre a mil revoluciones por segundo y aún así intento relajarme, cedo también, pero a la presión interna de la hiperactividad. Entonces dedicar una tarde a llorar con una película me parece una pérdida de tiempo que no puedo permitirme cuando claramente hay tanto que hacer que no estoy haciendo. Siento la ansiedad treparme por las piernas como un cosquilleo que me lleva a dar vueltas por la casa sin propósito y mientras más invoco al dios de la productividad, más sordos se vuelven mis plegarias y más frustrada y ansiosa me siento. Esos días suelen terminar en un impetuoso dolor de cabeza, unas pastillas para no soñar como diría Sabina y un despertar letárgico al día siguiente.

Este fin de semana tres de mis amigas se reunieron en la casa de una de ellas en Tampa y pasaron dos días juntas, disfrutando un tiempo de calidad que conozco y extraño cada día porque lo experimento cada vez que logro sumarme a los planes. Esta vez, aunque sabía del plan con anticipación no pude unírmeles. Estoy en un momento de crisis profesional que no me permite excesos financieros y es sin dudas una de las causas por las que con más frecuencia de lo normal me entra de pronto una necesidad extraña de llorar. El caso es que volar hasta Tampa desde California era impensable. Otra de mis amigas, una que si vive cerca de mi, también esta de viaje y cuando hablé con ella esta tarde me contaba de lo delicioso del clima en el sur, lo caliente del agua de la piscina, lo bien que le venían estas mini vacaciones fuera de casa. Viajar es quizás la única actividad que calma la inquietud que me causa la improductividad. Viajar y pasar tiempo con mis amigas. Y ninguna de las dos cosas he podido hacer en un buen tiempo. Empecé a predecir el destino al que me llevarían mis pensamientos si los seguía en su descenso espiral. Puse ropa a lavar, empecé a limpiar los platos sucios del almuerzo y casi iba a empezar a cocinar algo de cena cuando una de mis amigas me llamó por teléfono para que le hiciera un poco de compañía mientras conducía desde Tampa hasta su casa en Miami. Hablamos por casi dos horas mientras cocinaba no solo algo para la cena sino para las cenas de posiblemente lo que queda de la semana. Hablamos del fin de semana que pasaron juntas, de las cosas que hicieron, de las familias, de los amores… hablo ella mas que yo, exactamente lo que precisaba porque aún sentía una necesidad extraña de llorar y no quería que se me fuera a notar en las palabras. Escucharla fue un bálsamo para mi ánimo nublado y su voz me acompañó mientras preparaba batidos de frutas, arroz con pollo, escondidinho de carne, espirales de calabacín y arroz blanco, picadillo y frijoles negros. En fin, con un poco de exageración, comida para un batallón. Cuando colgamos tenía el refrigerados lleno de contenedores rebosantes y me sentía mejor. No había llorado pero tampoco me dolía la cabeza y noté con cierta incredulidad que la ansiedad ya no me trepaba por las piernas o quizás había terminado de trepar, porque ahora la sentia en mis dedos, transformada en un tímido deseo de digitar. 

Una profesora de Macroeconomía que tuve en la universidad nos contó a la clase una vez que cuando ella estaba estresada le daba por la repostería y llenada la casa de dulces y galletas y su familia quedaba feliz. No soy buena dulcera, pero cocino bastante bien y creo que hoy y por el resto de la semana, mi familia también estará feliz. Ahora, cediendo al deseo de escribir que está resurgiendo en mí después de tantos años de silencio, agradezco la tangente por la que se escurrió mi deseo de llorar, y el hecho de haber logrado rescatarme, demostrarle amor a los míos con abundancia de platos y sabores, y concederme la gracia de sentarme, al fin, y escribir esta historia. 

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