Sabia eres, montaña

Cuesta subir la cuesta del Bernal Heights Park, pero una vez que se llega a la cima, que se recupera el aliento y se le permite a la vista expandirse 360 grados a la redonda, el esfuerzo habrá valido la pena. En medio de la ciudad bulliciosa la montaña de crece sin prisas, sin grandes pretensiones, sin esfuerzo. El camino hacia la cima es fácil pero empinado y no te das cuenta cuanto has subido hasta que miras hacia atrás y no te imaginas cuando te tomará llegar cuando miras hacia adelante y el sendero es amplio y despejado, como una invitación perfecta.

Hacía un buen tiempo no hacía el recorrido hacia la cima y hacía más tiempo aún que no corría la carretera que circunvala la montaña, por donde apenas pasan carros porque hay partes en las que el tránsito está prohibido del todo. Volver hoy fue como una especie de dejavú. Mucho ha cambiado en mí, dentro y fuera de mí. Y sin embargo Bernal continúa ahí, sin la menor señal de disturbio, regia y desafiante, sabia, testigo una transformación que no le afecta.

Bernal fue, para mí, un terapeuta licenciado. Entre sus piedras y sobre el pavimento de la calle iba regando ansiedades, tristezas, frustración, conversaciones sin final, finales sin resoluciones. En una etapa de mi vida, al menos 3 veces por semana corría desde la casa en que vivía en aquel entonces hasta la montaña, le daba 2-3 vueltas alrededor y luego bajaba de nuevo corriendo hasta la casa. El camino no era tan largo, y si, era intenso, pero al cabo del tiempo, y en la especie de trance en el que solía correr en aquel entonces, el esfuerzo y el cansancio me recompensaban. 

COVID llegó y la montaña se llenó de corredores y caminadores con máscaras que se citaban allí para compartir soledades y mantener distancias. Pero yo corría sola y no tenía que preocuparme por tratar de descifrar conversaciones distorsionadas por la tela, el esfuerzo físico del ejercicio y la intención que mantener privacidad hablando quedo. Corría sola y corría rápido. Corría de mi misma y hacía ninguna parte. 

Con el paso de los días empecé a encontrar caras recurrentes. ¿Correrían también de si mismos y hacía ninguna parte? Nunca lo supe. No eran momentos de entablar conversaciones y el acto mas abierto de socialización pública era reconocer la presencia del conocido extraño con un ligero movimiento de cabeza. Tampoco hacía falta más. 

Bernal se trago mis lágrimas contenidas y contuvo mi impulsividad. Bernal me cansaba el cuerpo, me depuraba la mente y entretenía mi creatividad. En Bernal pasé calor y pasé frio, y hasta alguna vez me sorprendió una niebla densa que parecia llovizna. En Bernal escuché novelas completas y episodios de podcasts en portugués que me agudizaron el oído y me hicieron amar esa lengua como ninguna otra. En Bernal mudé de estación, solté las hojas secas en otoño y fui recuperando el verde con la llegada de la primavera. 

Regresar hoy, en condiciones tan diferentes, acompañada por una persona que carga el peso de mis llaves en su bolsillo y la botella de agua en la mano para que pueda yo correr más cómoda, se ha sentido como una bendición incuestionable. He cambiado. He evolucionado. Me he vuelto a enamorar. Bernal sigue ahí. Y ya no corro sola.

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