Sí, planificar el día ayuda a mantener el enfoque pero hay días que se desplanifican porque sí. Hoy fue uno de esos. Eran las 11 y media de la mañana y para ese entonces ya debía haber estado en la oficina. Estaba, sin embargo, atravesando la ciudad en una gestión de trabajo, adentrándome en el empinado barrio de Russian Hill donde las calles suben angustiosamente solo para bajar más adelante, haciéndole honor a su nombre, en una perfecta montaña rusa urbana. El semáforo de la calle que estaba por cruzar cambió a rojo y allí quedé, como en emparedado, delante de un inconfundible carro autónomo, detrás de un SUV, detrás de otro, detrás de un autobús público. Sin pensarlo siquiera había previsto una distancia más que prudente del carro delantero y presionando ininterrumpidamente el acelerador me quedé esperando, tranquilamente a que cambiara la luz. Con el acelerador presionado el carro no se movía. El motor gemía por el esfuerzo y el carro seguía allí. Así es San Francisco, una ciudad de lomas, que te pone el corazón en la garganta en cada subida y que hace que te lo tragues en cada bajada. Recuerdo que evitaba direcciones cuando me mudé a la ciudad, 10 años atrás, solo por no tener que lidiar con el pánico que me producían las lomas. Conducía distancias dos y hasta tres veces más largas si era necesario y cuando realmente no me quedaba más remedio, padecía el momento como una enfermedad, incubaba un temblor en la boca del estómago, se me embotaban los sentidos y me bajaba del carro siempre con una debilidad insana en las piernas.
No hoy. Al principio no me di cuenta. Escuchaba uno de mis pódcast favoritos y estaba casi literal y figurativamente, en mi propio mundo. En algún momento giré la cabeza y me di cuenta que las casas a ambos lados de la acera formaban una línea de al menos 45 grados con mi posición y entonces recobré la conciencia. Hice un repaso detallado de mi cuerpo y no descubrí ninguno de los indicios del síndrome de las lomas. Me sentí orgullosa de mí misma. No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista diría mi abuela y a todo se acostumbra uno. Y aunque mi otra mitad, la crítica, autocrítica y censuradora ya se apresuraba a recordarme que me había tomado solamente 10 años lograrlo, esta vez ni le hice caso, bajé la ventana para que el gemido del motor acompañase al pódcast como música de fondo y seguí mirando los edificios a ambos lados. Cuando me di cuenta ya el semáforo había cambiado y los carros frente a mí se movían lentamente. Les seguí el ritmo guardando la misma distancia, acelerando más, deslizándome loma arriba sabiendo que en dos cuadras más me tocaba girar a la izquierda y comenzar el descenso.
La gestión de trabajo me estaba llevando a una cuadra de la famosa calle Lombard. Frente se alzaba la isla y la prisión de Alcatraz. Una zona a la que he venido mil veces como turista y guía de turistas. Hoy, de turista involuntaria, no pude menos que sentirme complacida conmigo misma, por haberle apostado a esta linda ciudad de lomas que después de haberlo puesto tantas veces a prueba, decidió, simplemente y sin pedir permiso, robarme el corazón.

