Cuando es preferible el insomnio

Para cuando sonó el reloj, por tercera vez a las 6:27 de la mañana, ya había terminado de actualizar toda la información en la plataforma de gestión de propiedades que ahora radica en la nube. Me había tomado apenas una noche de sueño, aunque en realidad llevábamos una semana en el proceso, que estaba resultando complicadísimo, por mucho que los ingenieros de sistemas se empeñaron en hacerlo parecer «pan comido».

Yo, que soy una de las que más dependo de la información por ser la cara visible ante los propietarios, inquilinos y contratistas, miraba con una mezcla de escepticismo y recelo el nuevo icono en la pantalla de la computadora y la creciente barra azul que indicaba el porcentaje de datos transferidos. Mi buró estaba inundado de papeles sueltos, números de teléfono, contratos de arrendamiento, contratos de empleo, notas sobre propietarios, inquilinos y contratistas: llamar a fulano, dar seguimiento a mengano, consolidar este con aquel, verificar con la central y cualquier otra anotación que requería mi atención de una u otra manera.

Cuando terminó el día de trabajo, a las 4:30, sentía la cabeza como llena de humo. De buena gana me habría llevado trabajo a casa para minimizar el caos que me rodeaba, pero no era una opción: todo estaba digitalizado y los accesos restringidos mientras se completaba el cambio al servidor en la nube.

Esa tarde, sin embargo, y en contra de las capacidades de la tecnología misma, cargué con todo. Rumié mis frustraciones durante casi una hora en el camino a casa. Repasé en mi cabeza el manual de operaciones que había compartido el jefe en los días previos, donde se explicaba con detalle cómo la migración de la información al nuevo servidor sustituirá al servidor físico y simplificará la labor de todos, permitiendo un acceso seguro desde cualquier dispositivo aprobado.

Imagine un montón de situaciones en las que la aún no estrenada plataforma me mejoraría la vida mientras pelaba unas papas para hacer puré para la comida. Y por la noche, cuando puse la cabeza en la almohada, me enfrasqué en la parte más compleja: entrar manualmente el desastre de notas análogas  que se me había acumulado durante la semana. Me costo horas de mal sueno, pero para el amanecer de ese lunes, ya todo estaba terminado.

Cuando llegó mi jefe a la oficina, sobre las 7:30,  solo faltaba una nota por subir. En ella me reportaba enferma, con un dolor de cabeza que no me permitía salir de la cama. La subí a la nube y eran 5 para las 8:30 de la mañana, justo a tiempo para terminar mi día de trabajo. 

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