galería Segundo

Este pasado sábado, durante los fuegos artificiales del 4 de Julio, entendí a qué se refería Mark Twain cuando dijo “el invierno mas frío que pasé fue un verano en San Francisco.” Como buena hija del hemisferio norte, nunca concebí la idea un Julio/Agosto sin calor, sin sol y sin lluvia. Incluso en esos veranos que he pasado lejos del trópico, donde todas las estaciones son verano, el patrón aun se mantiene, y he podido caminar Madrid, Boston, New York y Barcelona en sandalias, shorts y blusa de tiritas. No este año. No es San Francisco, donde Julio no parece ser muy diferente de Febrero, y Dios te ampare que se te quede el abrigo en el carro, y que lo hayas aparacado lejos y no puedas ir a buscarlo. Consejo sano, cómprate otro, aunque sea para la ocasión. Aquí deben saber que el abrigo es como otra parte del cuerpo porque los venden en todos lados, y para ser honestos, hasta relativamente baratos.

En ese sentido al menos, este 4 de Julio no me tomó de sorpresa y nos fuimos al congestionado Pier 39 con un abrigo encima y otro de repuesto. Aún así, el aire encrespado de la Bahía calaba los huesos; era un frío esquivo e insistente, de esos que te persiguen y te atrapan, como alguien que no sabe terminar un argumento y sigue agregando más detalles, y cuando crees que ya terminó de exponer sus ideas se envalentona y empieza de nuevo explicando lo ya explicado y haciéndolo más confuso. Así era el frío del 4 de Julio en el Pier. No insoportable; más bien difícil de ignorar. Aún así la ciudad era un organismo vivo, reverbente y convulso. Miles de personas deben haberse reunido para el espectaculo de los fuegos artificiales sobre la Bahía, quizás con la ilusión de comprobar si era posible agregarle un elemento que pudiera hacerla mas cautivadora. Esa era sin dudas mi propia idea. Quedar deslumbrada, sin palabras, porque en una ciudad mágica, los fuegos artificiales debían ser de película.

La noche parecía tener otros planes y ya desde media tarde el cielo estaba encapotado con una neblina densa que caía de a ratos en forma de un lagrimeo que casi pasada inadvertido. A las 9 y media en punto, el espectaculo empezó. Siempre he creído que hay cosas en el mundo que vale la pena verlas. Lugares que aunque sean muy turísticos es necesario experimentar, primero porque son emblemas, y segundo, porque no se puede pretender no ser turista cuando solo el 0.01% del mundo podemos llamarlo casa y el 99.9% restante es parte del extranjero. Por eso creo que hay no se puede ir a Nueva York sin visitar la Estatua de la Libertad y subir el Empire State o París sin ver la Torre Eiffel, algo que sigue en mis planes. Así mismo quería hacer del pasar un 4 de julio en San Francisco una experiencia tradicional.

Los fuegos salían disparados y explotaban en medio del cielo, en medio de la densa capa de neblina, ofreciendo una visión fantasmagórica de la explosión, que lucía contenida, semiapagada, turbia, como esas imágenes de bombas que explotan en el horizonte en las películas de guerra y parecen devoradas por su propio humo. La imagen no era morbida, claro está, el ambiente era de alegria, pero estoy tratando de describirla en detalles porque como pueden ver, las fotos dejan mucho que desear y no precisamente por que la cámara haya sido mala.

Si la explosión era como el recuerdo difuso de un sueño, la caída de los fuegos era como abrir los ojos al despertar. Una vez liberados, los rayos luminosos caían con frenesí, atravesando la neblina, cobrando vida y claridad al acercarse al agua. Contrario a los fuegos artificiales que he visto en Miami Beach, Bayside y San Juan, donde el final de un fuego es lo que marca el momento de una nueva explosión, en este caso, la caída era el clímax del espectáculo más que su desenlace.

Esperé unos minutos porque sabía lo que se avecinaba. Mi hija, para quien protestar duante los fuegos artificiales se ha convertido en otra tradición, no tardó en expresar a toda voz su descontento, y cómo los fuegos de Miami y Puerto Rico eran muuuucho mejores. Nos reímos, y todos a nuestro alrededor también. Seguro todos pensabamos más o menos algo parecido, pero nadie quería decirlo en voz alta. Pero en boca de los niños y los locos las mas grandes verdades son aceptadas mejor.

Resultó que la vista de la Bahía más hermosa que he visto no se volvió más cautivadora a la luz de los fuegos articiales. Quizás en otros años ha sido y será distinto. En cualquier caso, un 4 de julio en San Francisco, es, sin la magnificencia que pensaba, un recuerdo muy mío, que nada podrá borrar jamás. A veces la magia de los momentos no esta en su incomparable belleza sino en lo que nos deja para recordar. Este fue, sin dudas, diferente y memorable, y aunque el año que viene lo más probable es que busquemos un sitio más tropical y despejado para ver los fuegos artificiales, este 4 de Julio, con su frío de invierno, me ha hecho sentirme mas cerca de Mark Twain y más feliz, por haber tenido la oportunidad de apreciarlo en toda la extensión de su rareza.

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