Tercero

Hay días en los que no pensamos. Días en los que simplemente vivimos y la vida misma nos entretiene u ocupa, y no nos detenemos a pensar en lo que significan ciertas cosas. De la misma manera a veces utilizamos la vida y sus vericuetos para perdernos y evitarnos el pensar, que en ocasiones resulta, por decirlo de alguna manera, inconveniente.

Exhibición interactiva sobre el amor escrita con solo 6 palabras y reflejada por un proyector en una pared blanca. Exploratoriom, San Francisco CA.
Exhibición interactiva sobre el amor escrita con solo 6 palabras y reflejada por un proyector en una pared blanca. Exploratorium, San Francisco CA.

Este fin de semana fui a esperar a mi hija al aeropuerto. Regresaba con los cachetes colorados del sol y la alegría en la mirada de tres semanas de vacaciones. La encontré sorprendentemente alta, crecida, conversadora y radiante. Tres semanas pueden ser mucho tiempo. Y por primera vez en esas tres semanas sin ella, la primera vez lejos de ella por más de 48 horas, supe que lo mucho que la había extrañado no era nada comparado con lo que la estaba extrañanado en ese momento, mientras la abrazaba y la sabía ya conmigo.

Tengo años de experiencia en el arte de extrañar. Sin embargo siempre me sorprende el darme cuenta de que extraño más cuando estoy cerca que cuando estoy lejos. Es como si los reencuentro me recordaran las cosas que extrañé mientras no las tenía conmigo, y las empezara a extrañar desde ya, sin esperar por la próxima separación.
Ese día, finalmente en casa, después de tres semanas de atiborrarme de proyectos, limpiezas generales, sesiones de ejercicios y viajes que me mantuvieran ocupada y contenta, me descubrí, aliviada, sin nada que hacer. Una tranquilidad rara en mí me invadió por completo y así pasó la tarde, y llegó la noche sin un solo motivo de preocupación. Era como si los planetas se hubiesen alineado. Como si las aguas hubiesen alcanzado su nivel y fuera tiempo de sentarse a mirarlas.
En la noche, sin embargo, me descubrí insonme e inquieta. Mientras ella jugaba, Ruben y yo vimos La Vida Breve y Precoz de Sabina Rivas y pensé agradecida, en lo afortunados que somos, y me sentí en deuda con la vida por habernos regalado un día a día en el que no tenemos que pelear en un cuadrilatero en el que del lado rojo está lo malo, y del azul, lo peor. Ruben se fue a trabajar y tarde ya, ella se durmió sentada a mi lado, mientras veíamos Teen Titans Go, uno de sus muñequito favoritos y la puse en su cama, y me quedé a mirarla dormir por un rato, sin darme cuenta que había revisado compulsivamente las puertas y las ventanas de la casa hasta convencerme a mí misma que estaban cerradas. Terminé de leer The Distant Marvels, de Chantel Acevedo y volví a respirar agradecida porque tres semanas de vacaciones no son nada comparadas con una vida de separaciones erróneas e irrecuperable, de recriminaciones, dolores y ausencias. Entre capítulos veía Maid in Manhattan, en TNT o FX, no recuerdo bien. Y aunque esa película sí que no me recordaba nada, ni tenía nada con lo que relacionarla, sí ayudó a cansarme los ojos y a pasar de una actividad a otra, siendo en mi noche, algo así como el pan blanco que se usa para limpiar el paladar en una degustación de vinos.
Entre el momento que decidí irme a la cama y en el que me debo haber dormido, me levanté un millón de veces. Cada ruido me hacía saltar de la cama e ir a verla, solo para descubrirla dormida, apenas unos centímetros cambiada de la posición en que la acostara. Fue como aquella noche lejana de hace seis años atrás en la que la trajimos por primera vez a casa, y la cuna le quedaba demasiado grande, y nos agarró el día pasándola de brazo en brazo, de sillón en sillón, hora tras hora.
Esta noche no quería pensar, quería seguir disfrutando esa tranquilidad plena que me invadió toda la tarde. Pero no podía evitarlo. Y mientras viraba de un lado al otro la cabeza en la almohada que raramente uso, me sentí afortunada de extrañarla tanto sabiendo que estaba allí, del otro lado del pasillo, envuelta en su cubrecamas de corazones.
Poco a poco la ansiedad fue pasando y aunque no recuerdo a que hora finalmente me dormí, sí recuerdo que al despertar al día siguiente mi primer pensamiento fue el de si había estado soñando, y corrí hasta la puerta del cuarto, abierta de par en par por si se despertaba en la madrugada con miedo. Allí estaba, dormida aún, y me acosté a su lado, y volví a quedarme dormida, porque todavía era temprano y en una hora, lo más, volveríamos a amanecer juntas.

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