¿Premio o castigo?

20170307_202947.jpgHace casi dos semanas mi hija llego a la casa de la escuela con cara larga y ojos marchitos. En la mano, una nota de su maestra citándome a una conferencia para discutir su comportamiento. Me explicó ella misma que el problema es que habla en clases, ¡que habla mucho!, que es lo que le llaman un “chatter box” y que su maestra la ha cambiado varias veces de asiento pero que ella no puede controlarse.

La escuche casi sin escucharla, mi mente viajando a mi propio pasado, a las muchos regaños de mis profesores de primaria, secundaria y pre, que tuvieron que sufrir mi constante incapacidad para callarme los temas no relacionados con la clase para el final de la misma. Me acordé de mis compañeras y compañeros de fechorías: Meilyn, Yahima Rodriguez,Echevarria, Zahilys Mesa, Leslie, Yakalis, Yurima y Yurien, Pedritín, Arleneta, Jeilyn, Dayana, la Negra, Yosbel… Y con toda la empatía de una madre que ha pasado exactamente por la misma experiencia, me tragué la risa y le dije a Daniela que estaría de castigo, sin televisión, por las próximas dos semanas, y que tareas y lecturas adicionales iban a llenar el hueco que ocupan, para mi disgusto, a diario los muñecos. Un caso clásico de, haz lo que yo digo y no lo que yo hago, o hice, en este caso, pero en mi defensa, ¿qué otra cosa podía hacer? Si le doy vía libre a una niña parlanchina de 8 años, preocupa pensar que va a pasar cuando tenga 10.

El castigo aún dura. Ella, convencida, por convicción propia, de que el castigo es merecido, no ha mostrado el más mínimo interés por la televisión. Se ha volcado de a lleno en su lectura y las páginas de Harry Potter parecen volar bajo con ojos como si la magia de la historia tuviera un efecto contagioso en la vida real. Se bebió el tomo dos en menos de tres semanas y ya ha empezado el tercero.Para una niña de segundo grado me parece bastante impresionante. Ha adelantado las tareas complementarias que asignan en la computadora, que para ser honestos, son más largas que la esperanza y de  un pobre y por muchos módulos que se pases, no se terminan nunca. Una metamorfosis encantadora ha convertido a la niña zombie moderna que puede sentarse las horas frente a la televisión, en una niña capaz de entretenerse con el encanto clásico de un libro sin ilustraciones.

Es una pena que esté empezando a hablar menos en la escuela para complacer a su maestra y a mí, que en definitiva fui la que la puso en “time out.” Es una pena, porque el castigo está resultando ser desintoxicante después de tanta dependencia electrónica, y un premio a la imaginación y las habilidades intelectuales más básicas. Pienso en mi mama, mi tía y mis abuelos, como escuchaban a mis maestros quejarse y prometían tomar medidas y como esas medidas eran enforzadas de cualquier manera menos estricta. Quizás no hacer nada por sacar al “chatter box” de la caja no sea, a fin de cuentas, la peor de las soluciones. Al menos me dará la coartada perfecta para de vez en cuando “power off” los electrónicos y hacer un necesario reset en la rutina de la casa.

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