Podcasts y stickers que se nos pegan

Como la mayoría de mis pequeñas historias últimamente, esta también pasó mientras manejaba al trabajo (caballero, sin juzgar, no es que me esté volviendo monotemática -algo que también puede ser verdad- es que paso unas buenas dos horas del día manejando y la mente busca maneras de entretenerse y sobrevivir al tedio).

Desde hace unos meses escucho un podcast del New York Times que me encanta llamado Modern Love (pausa comercial: suscríbete a Modern Love, “stories of love, loss and redemption”). Al final de la sesión de la semana pasada anunciaron otro podcast que me llamó la atención y al que me suscribí de inmediato. Resultó ser un programa realizado por una profesora y su grupo de alumnos de Creative Writing de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Miami (otra pausa comercial: si te gusta escribir historias, aunque sea de vez en cuando y escuchar lo que escriben otros en una especie de taller literario en el que participas sin participar, suscríbete a Writing Class Radio). Empecé a escuchar desde el primer episodio. La temática me atrapó, y también lo rudimentario del proyecto, al que le sobraba alma aún cuando le faltaba ese refinamiento en la ejecución a la que los oyentes de radio de hoy en día nos hemos acostumbrado. Writing Class Radio se me antoja un modelo de lo que predica. Como la clase misma, donde nacen las historias en bruto y se pulen poco a poco a través de comentarios y críticas, el podcast suena a su vez auténtico, la obra de personas que se lanzan en una aventura con un montón de cabos sueltos que se atan en el camino (problemas de sonido por ejemplo) pero con una idea clara y valiosa. La obra de personas que se atreven a algo, porque el fin justifica los medios.

Para ser honesta, el hecho de que se grabe en Miami ha sido también un factor importante en mi adicción. Me gusta escuchar cuando hablan de lugares que conozco con acentos sabidos. Más de 10 años vividos en Miami me dan el derecho a la familiaridad y por qué no, a la nostalgia. Y aunque con este sampling de cuidades que llevo en el paladar se me hace bastante difícil colgar en una puerta el cartelito de “casa,” un poco de tierra de Miami llevaré siempre debajo de las uñas.

El podcast que escuchaba hoy no era particularmente miamense. Por el contrario, las historias que se leyeron hablaban de situaciones que pueden pasar en cualquier parte. Sin embargo, yo le ponía fondos conocidos, y era como si de alguna manera las entendiera mejor. Le había agregado a mi batido de palabras un contexto de imágenes al gusto y ya no le hacía falta ni siquiera azúcar.

En un semáforo quedé detrás de una minivan color rojo vino (como dice mi amigo Maurice Sparks, detalle irrelevante que agrego no por miedo a que se me tache de minimalista, oh no, sino para no perder la costumbre de hablar hasta por los codos). Tenía uno de esos bumper stickers que decía algo así como soy el padre orgulloso de un estudiante de la cuidad de Alameda (nunca he sido fanática de esos stickers que si me parecen irrelevantes). El caso es que, en medio de mi trance miamense, el nombre de la cuidad me tomó por sorpresa. Fue solo un instante, en el que esperaba leer South Miami o West Kendall o incluso Pembroke Pines. En ese instante, la californiana Alameda, me pareció un error de imprenta. La mente nos juega trucos. La mía lo hace a menudo y yo la dejo. No puedo pedirle más, bastante que funciona tan temprano en la mañana!

De regreso, esta tarde, más Writing Class Radio para mí, y más Miami.

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